miércoles, 18 de noviembre de 2009









La primera imagen fue una mujer subiendo a la combi. Me miró como para decirme aquí estoy, fijate bien que no estoy sola y observá atentamente lo que suceda.

Dijo que se llamaba Teresa y no pude menos que obedecerle.

Escribí la primera frase y de ahí en más mis manos no dejaron de teclear.
Fijate bien me decía Teresa, eso que estás escribiendo no es tan así. Entonces escribía, leía, borraba, buscaba palabras, cambiaba .

Miré por la ventanilla de la combi y traté de ubicarme. ¿Por dónde andaba?

Me animé y les dí a leer los borradores.

Y recibí devoluciones. El lápiz de la maestra fue como un bisturí sin anestesia.
Se desató una tormenta que casi nos ahoga a todos. Ahí quedé boca arriba tratando de recuperarme. El tiempo pasaba y la combi no arrancaba.
Me tomé un tiempo .Los dejé a todos que se arreglaran solos y me fui a recordar otros tiempos.

Cuando quise volver me encontré con una manifestación. Justamente pasó enfrente de la combi. Teresa me hizo señas para que subiera nuevamente. Dudé pero al fin lo hice.

Me sumergí en el teclado y seguí escribiendo. Casi el recorrido finalizaba .Me dio pena tener que despedirnos.
Quería guardar el viaje en algún lugar. Cámara de fotos no tenía y entonces pensé en editar un libro. Busqué una editorial que me allanara el camino.

Un libro debe ser un objeto atractivo por eso pensé en la tapa y confié en Santiago para que la diseñara.
Cuando me entregaron los ejemplares sentí un placer indescriptible pero tenía que conseguir más lectores.
El ovillo de Teresa fue pasando de mano en mano y entre todos siguen creando Puntos combinados. Yo intentaré tejer otras historias.

ANAHUARQUI BRIZUELA
Prólogo
POR IRIS RIVERA


Con Teresa me acomodo en la segunda fila de la combi. Buena lana, un par de agujas y un ovillo nuevo, pero en vez de cerrar los ojos y anticipar el recorrido, dejo que me lo cuenten.
Cuántos casos que conozco o creo conocer. En cada cruce de miradas hay un rodar de ovillos, un cruce de historias. Cuántos casos y, entre ellos, el caso de Teresa y mi caso. El caso mío como lectora.
Teresa imagina las vidas de los otros a partir de unos pocos indicios. Como lectora me pongo a sospechar. ¿Qué tanto de verdad y qué tanto de fábula hay en esas hipótesis sobre vidas ajenas que Teresa teje?
Pero un incidente interrumpe su tejido y el mío. Los pasajeros y yo estamos en la realidad convincente y apremiante de la historia. Los planes de todos hacen agua. Las voces se superponen en un monólogo colectivo que sobrepasa el ámbito cerrado de la combi y remite a todo un país que monologa y hace agua también.
A Teresa le divierte ver que la gente se asusta como si se le acabara el mundo. ¿Y el mundo de Teresa mientras tanto? ¿Y mi mundo?
El país, esa desamparada combi, comienza a balancearse como si desde abajo la empujaran. De pronto, un golpe seco y quedamos, como tantas veces, arrimados a una columna de cemento.
Crece una sensación de incomodidad, de roce con otras vidas que nos son familiares y no. Restos de ese país hecho papel picado sobre la calzada.
¿Qué pasó con lo que Teresa imaginaba sobre aquellas vidas “otras”? El narrador se ha salido de su mirada para mostrarme a mí, lectora, lo que Teresa no sabe ni podrá saber. Ahora ya no estoy de su lado ni miro desde sus ojos. Ahora soy yo quien hace suposiciones sobre ella.
Teresa es y ha sido testigo de muchas cosas, pero ¿y protagonista? Teresa, empeñada en mostrar críticos paralelos entre el ayer y el hoy, pero ¿y mañana?
Sin terminar de perderse en una ciudad con visos de cuadro surrealista, Teresa elige y me interpela como lectora. Su vida ¿es como ella se la contaba? Mi vida ¿es como yo me la cuento?
Acaso yo lectora, también formo parte de la novela de Teresa. Y acá estoy, recorriendo estanterías para encontrar lo que no buscaba mientras, como quien dice, la estantería se me cae.

Iris Rivera
video

martes, 17 de noviembre de 2009

Estoy muy agradecida a la Casa de la Cultura por haberme abierto sus puertas para presentar mi libro y a Eduardo Suarez que demuestra ser un incansable promotor de eventos como este.

Soy nativa de Almirante Brown, me crié y trabajo aquí. Habitualmente camino sus calles, disfruto de sus arboledas y me enojo por algunos descuidos. Me alegra cada actividad cultural que se realiza en Adrogué y me apena el maltrato que muchos hacen a los espacios públicos como también la demolición de las antiguas casa.

Pasé gran parte de mi vida con niños y adolescentes intentando trasmitirles la pasión por la literatura. No sé si tuve éxito pero al menos compartí con ellos hermosos momentos de lectura.

Creo que escribo desde la primaria. Fue una actividad constante que realicé con cierta facilidad pero tuvieron que pasar muchos años para darme cuenta de que la escritura requiere trabajo, lectura y sobre todo asombro ante lo cotidiano.

Permitirse cuestionar la realidad y poder re-significarla es tarea de la literatura pero en el terreno de la literatura, la novela ¿ qué es?

Ante todo ficción y como tal construye un mundo que tiene ciertas reglas.

Una de ellas es el pacto entre el autor y el lector.

El lector dirá: “Yo voy a leer lo que escribiste y voy a creerlo. Todo lo que me digas será cierto y si me atrapas me dejaré llevar hasta donde quieras. Si siento placer el recorrer tu texto no querré que se termine aunque me muera por conocer el final”.

A su vez el autor le dirá:”Mirá este mundo que yo descubrí mientras lo creaba, zambullite en él, espiá con tus ojos y escuchá con tus oídos las voces de los que allí habitan. Sentí lo mismo que yo cuando me enfrenté a estos personajes. Amalos y odialos. Permitiles que se comuniquen entre ellos y no intervengas.

Eso piensa el autor aún sabiendo que no puede evitar que el lector sí intervenga, sí cuestione, sí interrumpa a los personajes y hasta la misma lectura de la historia. Pero también ,casi con amor paternal, le recomendará al lector: Yo los dejé hacer y no los abandoné hasta que crecieron. En ese momento me fui para siempre. Ahora te los encomiendo. Tu acto de lectura será su oportunidad de vida y participarán de la tuya. Espero que los cargues en tu mochila y que muchas veces se te caigan del bolsillo. Que te griten para que los levantes y los coloques en la palma de tu mano y los acaricies. Ellos te mostrarán las miserias humanas, las virtudes, las esperanzas y las incertidumbres. Ni más ni menos que la conducta del ser humano y sus motivos más ocultos.

En ese intercambio entre el lector y el autor aparece, llevando la batuta, el narrador. Es como si él dijera:”escuchen bien lo que les voy a contar. No se pierdan ni una palabra porque cada palabra es fundamental para que conozcan el mundo que se esconde en la mente y la sensibilidad de estos seres.” Sin embargo el lector no se deja manejar fácilmente y se mete en muchos vericuetos inadvertidos. Entonces arma su propia historia y su propio mundo por donde transita con total impunidad.

Finalmente creo que los que habitan ese mundo de ficción de la novela nos provocan, nos sacuden, nos conmueven y nos gritan. Nos alertan que nuestra realidad es injusta, es indiferente, es contradictoria. Nos anuncian que otras formas de vida son posibles y nos muestran sin eufemismos y hasta con crueldad cómo somos cada uno de nosotros. Entonces nos cuestionamos en silencio mientras convivimos con esos personajes y cuando salimos de la lectura, ya no somos los mismos.

La literatura es entendida como evasión porque nos saca de este mundo y nos lleva a otro. Pero allí no estamos quietos sino que nos movemos, sospechamos, esperamos , perdemos el aliento y volvemos a respirar. En una palabra la literatura es vida también, un plus de vida, una vida ampliada hacia los límites sin límite de lo imaginario.

Cuando Teresa, la protagonista de Puntos combinados, se me presentó lo hizo intempestivamente. Me dijo. “ mirame, acá estoy subiendo a la combi. Fijate que no estoy sola y registrá lo que pasa”. Así empecé a escribir lo que ellos, esos personajes, me dictaban y a veces, ante cualquier descuido de mi parte, volvían a tirarme de la manga. Fue trabajoso reconocerlos, ordenar el caos en mí y sobre todo mantenerlos sentados durante tanto tiempo.

Con ellos recorrí una ciudad de injusticias, de hipocresía, de nostalgia y de temores. Escuché las voces de los que no tienen voz y de aquellos que piensan que son los únicos a quien vale la pena oír . Vislumbré la esperanza, el sálvese quién pueda ,la soberbia, la tristeza, la locura...

Creí en un primer momento que mi tarea se limitaba a escribir lo que escuchaba en la combi pero más tarde me di cuenta de que estaba sentada con ellos y que me obligaban a participar de sus hazañas y de sus desventuras. Así me fui metiendo en la piel de cada uno y sentí hasta el dolor lo que a ellos les pasaba. Difícil de explicar esa sensación de ser otro y a la vez ser uno mismo al plasmarlo en la escritura. Uno tiene sus preferencias y muchas veces resalta las virtudes de un personaje para desmerecer a otro. Entonces se arma la trifulca. En esos casos y generalmente, el que queda malherido es el escritor.

¿Quién es mi preferido? No podría decirlo porque temo que los demás, defraudados, abandonen la novela. Pero acá entre nosotros diría que en cada uno encontré algo para destacar.

La mamá que lleva al nene al dentista me parece que tiene una sensibilidad oculta debajo de una máscara de inconformismo y resignación por la vida que le ha tocado.

El nene , a pesar de estar sumergido en el juego electrónico, demuestra interés y solidaridad por un par marginal. Entre ellos hay cierta camaradería aunque pertenezcan a sectores sociales bien diferentes.

Maru , una jovencita que tiene claro lo que quiere y que cualquier obstáculo la paraliza. No obstante sigue y mueve los hilos con habilidad.

Las esposas jóvenes insertas en un mundo de apariencias donde poco tienen para decidir. Viven la vida de sus maridos o la que les marcan ciertos mandatos familiares.

El viejo solo con sus recuerdos y repitiendo un ritual para no morirse.

El cuarentón que intenta mejorar su situación económica con la certeza de que el que se salva es el más rápido sin importar la moral.

La Gaby, una buscavidas que sabe de ciertas reglas políticas y que se enfrenta a su ex – novio, un joven que todavía mira con los ojos de sus padres.

Y Teresa, ingenua, nostálgica, que arrastra la culpa de no haberse atrevido a vivir otra vida y que ante el dolor se refugia en lo que tiene .

Por último, la inspiradora de esta historia, una combi, paciente y muda que mueve de aquí para allá a un sector social que alguna vez supo viajar en tren.

Cada escritor utiliza diferentes herramientas para hacer su obra. No hay recetas ni musas que faciliten el trabajo de escritura. Pienso que hay sí, unas ganas locas de contar sabiendo de antemano que una vez que el lector interviene comienzan a tejerse historias paralelas que hacen de la literatura un mundo posible e infinito.

Por eso, queridos amigos, cada lector de Puntos combinados es un colaborador indispensable en mi tarea de escribir. Gracias a los lectores ,en definitiva, los autores podemos seguir soñando.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La bolsa del tejido

-Teresa - dijo casi sin abrir la boca y se acomodó como pudo en la segunda fila de la combi.
La ventanilla tenía los vidrios polarizados y eso vendría bien cuando tomara por Pavón hacia la capital. El sol a esa hora era fuerte y el aire generalmente no funcionaba.
Colocó la cartera sobre sus piernas encogidas más de lo soportable y abrió y cerró cierres .Celular, llaves de casa, llaves del departamento de Silvina, billetera.
Acomodó la bolsa del tejido como pudo para no incomodar a quien se sentara al lado. La revisó también: el par de agujas, el ovillo nuevo y el suéter de Bernardo a medio hacer .Todavía era verano, pero pronto empezarían las clases y el uniforme requería de un suéter azul escote en V. A Sofía le tejía de colores porque la pobre heredaba siempre para la escuela los pulóveres de su hermano. Teresa trataba de comprar buena lana o en su defecto había aprendido a sacar las pelotitas con una hojita de afeitar y plancharlos de una manera que no se notaba el deterioro.
Junto a ella se sentó un hombre de unos cuarenta y pico con anteojos y el cabello atado con una gomita. Tenía un pantalón claro, una camisa a cuadros de manga corta y mocasines.
Subieron seis personas más y la combi enfiló pesadamente por una calle empedrada. Iba despacio mientras el chofer leía la planilla y hablaba con la central para verificar que estaban todos los pasajeros.
Teresa miraba los árboles que ya empezaban a perder hojas. Pensó en el otoño que se aproximaba y en la ropa que tendría que bajar del placard. Visualizó: los pantalones, las camisas, los saquitos de lana fina que había adoptado cuando la menopausia. Era una pavada pero la gran solución a la hora de los calores. Nadie entendía que un sofocón la incendiara y la obligara a sacarse la ropa, de golpe, con desesperación y luego sintiera frío y volviera a vestirse.
No había que renovar el vestuario, sólo si quería algo de última generación como le gustaba decir.
Sonó un celular. No era el de ella.
- Sí, estoy en la combi. Acabamos de salir, así que calculale quince minutos. Chau, un beso. ¡Ah! ¡Hola! ¿Le avisaste a Nora? Bueno, después hablamos.
A las pocas cuadras subió un chico joven. El pelo muy cortito y cuidado. Traje oscuro, camisa, corbata y zapatones negros. Llevaba unas carpetas con tapas transparentes y se leía algo como “R....y Fernández asociados”. Se acomodó en la parte trasera y empezó con los mensajitos. El exceso de desodorante o perfume empezó a marear a Teresa que trataba de abrir un poco la ventanilla. Este es un pichón de cagador, pensó.
El sol le dio en la oreja entonces prefirió cerrarla y aguantar el perfume. Miró la avenida y empezó a jugar como solía; cerraba los ojos y anticipaba el recorrido. Cuando los abría casi siempre estaba en el lugar que imaginaba.

Esta vez se adelantó un poco. La combi paró para subir a la que esperó más o menos los quince minutos. No habían llegado todavía a esa parrilla que tenía siempre algún cordero o carne puesta en el sanmartín. A cada chancho le llega su San Martín pensó ¿Por qué llamarían así a la cruz del asador? Siempre lo había relacionado con el padre de la patria y se lo imaginaba persiguiendo jabalíes por los montes de la pampa. En algún lugar había leído la explicación pero no recordaba nada.
La que subió se sentó detrás de su asiento y empezó a conversar animadamente con la otra.
- Sí, hablé con Nora pero ya sabés como es. Se entusiasma y al final la convence el tarado del marido para que no venga.
- Ella es la que necesita salir más que nosotras. Me dijeron que este curso está espectacular. Te muestran todo el recorrido de pinturas que después podés ver en El Prado.
- Por la plata no es, Nora dispone de dinero y jamás le rindió cuentas a ese estúpido. Él la somete como si fuera su sierva y la tonta…
- ¿Te acordás cuando no quería que manejara la 4x4 y le compró esa catramina?
- Sí, y encima la pobre lo justificaba diciendo que para ir a buscar a los chicos al colegio era mejor ese auto porque podían subir con facilidad.
- ¡Si habremos empujado para que arranque!
Si habré empujado aquel Fitito. Estas se creen que ponés la llave y prrr. No saben que hay autos viejos. Deben pensar que todos los años desaparecen y salen los nuevos modelos para todo el mundo. Además eso del curso me suena a barniz. Lo hacen para que papito les pague un viaje a Europa. Esa Nora debe ser la más sensata.
Teresa intentó descubrir de donde venía un sonido intermitente pero que no era de celular. Estiró el cuello hacia adelante y vio que en la primera fila de asientos iba un nene de unos siete años con su mamá. Jugaba con esos juegos electrónicos que cada vez que se aprietan las teclas hacen unos piiiiip en distintos tonos. Sólo se le escuchó preguntar si todas las semanas debían ir al dentista. La madre suspiró mientras le aclaraba que además del viaje lo terrible era el costo del tratamiento de ortodoncia.
- Podrías haber sacado la dentadura mía y no la de tu padre - murmuró, pero el chico no se dio por enterado y siguió en lo suyo.
La mujer sacó el celular.
- Si, a las cinco espero salir pero viste que siempre se atrasa ¿No les podés decir que dejen la reunión para mañana? A esa hora las combis son un infierno y es difícil que consiga lugar. Pensé que volvíamos con vos y no reservé. Bueno, volvemos por nuestra cuenta. Nos vemos.
Cerró el teléfono con malhumor y abrió un libro. Teresa volvió a estirarse simulando una leve contractura y comprobó lo que suponía: el libro era de Coelho.

Aburrida de no hacer nada; seguro que es insoportable. Cuando el marido llegue a la noche le hace un escándalo. El nene estará prendido con la computadora y no se dará cuenta. Pobre chico. El padre debe ser de esos tipos que dicen todo que sí y hacen lo que quieren. Un zorrito como quien dice. También con semejante ejemplar. ¿O será al revés? Quizás ella es una pobre mujer y lo único que puede es hacerse la mandona. Esas reuniones tal vez no sean justamente de trabajo. Mmm. ¡Cuántos casos que yo conozco!
El que estaba al lado de Teresa leía la parte de deportes del diario y cada tanto verificaba los mensajitos del celular. Respondía y seguía con la lectura. De pronto cerró el diario y marcó.
- Habla Marcelo ¿Me das con Juanjo? Sí, a mitad de camino. Tengo casi el OK pero quiere un bosquejo. Bueno, esperame.
Se deslizó en el asiento, estiró el cuello y comenzó a balancearlo de un lado a otro para que se relajara.

Qué suerte, le sale el trabajo. Casi... todavía lo tienen en veremos. Debe ser arquitecto. Ahora empieza a moverse algo en la construcción. Juanjo seguro que es el socio. Tiene secretaria. La oficina la deben alquilar en un lugar atractivo. No tanto...si está a mitad de camino debe ser por Constitución o San Telmo. Sí, San Telmo tiene más onda.
Teresa sacó el tejido y se le cayó el ovillo azul que fue a dar entre los asientos delanteros. Al querer agarrarlo topó con la cabeza de su compañero que muy atento lo había rescatado. Éste cruzó la mirada con la chica que estaba en la fila lateral y le miró las piernas que parecían estar cosidas a la parte superior de la pollera como esas peponas de trapo. La chica intentó bajar el pedacito de género estampado, pero al hacerlo sintió que sus muslos estaban pegados al tapizado del asiento. La felpa estaría gastada y le costó separarlos.
Un poco más audaz se arregló el bretel del corpiño pasando la mano por entre el escote de la blusa de seda blanca. Luego sacó unos apuntes y empezó a recitar en voz baja unas fórmulas que después miraba en los papeles.
Teresa giró para agradecer y vio que detrás de la chica iba un señor mayor con un portafolios muy viejo de cuero marrón y grandes bolsillos con hebillas. La camisa dejaba entrever los avatares del tiempo en su cuello pero lucía limpia y planchada como ninguna. El pantalón un poco gastado mostraba una raya impecable que recorría toda la pierna y los zapatos lustrosos reflejaban la luz que se colaba por el parabrisas. A Teresa siempre le gustaron los zapatos viejos y cuidados.





















La chica del bretel


La combi iba serpenteando por la avenida muy transitada a esa hora. Al parar en los semáforos, el chofer se comunicaba con alguien.
- El puente todavía está abierto pero creo que Raúl ya se desvió por Galicia. Te aviso.
- ¿Qué sabés del Gallego? No, tengo que llevar a unas chicas a la matinée si no lo reemplazaba. Ahora estoy yendo para Capital.
Antes íbamos a bailar a los dieciocho años, algún asalto en casas de familia o en el club. Ahora las chicas empiezan a los once, doce y para tranquilidad de los padres es en horas de la tarde. Bueno esto de la combi no está tan mal. Por lo menos las madres saben que van y vuelven acompañadas. Así se armó otra industria ¿Quién será el Gallego?

El celular comenzó a sonar y a medida que aumentaba el volumen las manos de Teresa se escurrían nerviosas en la cartera. Por fin lo rescató y escuchó la voz de Silvina.
- ¿Ya saliste?
- Estoy en la combi.
- ¡Qué pena! Me cancelaron tres entrevistas y me voy a casa.
- Bueno, no importa. Aprovecho para ver algunas vidrieras y resolver el tema del regalo de casamiento.
- Si querés venite y ves a los chicos.
- No, va a ser una sorpresa encontrarte a vos cuando lleguen.
- Un beso, nos hablamos a la noche.

Guardó el teléfono mientras se debatía entre regresar o darse a la aventura de ir para cualquier lado. La respuesta que le había dado a su sobrina sólo fue una excusa para dejarla tranquila.
¿Cuánto tiempo hacía que no se perdía por Buenos Aires?
Empezó a recordar cuando iba al Normal caminando por Callao. Cuando cruzaba la Plaza de los dos Congresos y el sol empezaba a despertar a las palomas. Las recorridas por las librerías de la zona, el café con crema y el cine de algún sábado a la tarde.
Tengo tanto que hacer en casa que podría volver. Pero hasta que llego al Colón y vuelvo ya perdí toda la tarde. Podría ir al museo de Bellas Artes o mejor al cine. ¿Y si le hablo a Josefina? desde que murió Pepe que no la veo. ¡No! Está muy depre y hoy no tengo ganas de escuchar lamentos.

El pulgar de la chica del bretel hábilmente marcó los diez dígitos.
- Soy Maru, estoy en la combi.
- ........
- Tengo un final.
- .............
- ¿Estás flasheado? Mañana laburo y hoy tuve que pedir el día. Casi no me lo dan pero como ya se armó por el asunto del blanqueo.
- .............
- ¿Y el viernes? Decile que viajás por la tarde. Hace como un mes. Sí, siempre soy yo la que arreglo...
- .............
- ¿Ya lo tenés? ¿De qué color?
- ..........
- ¡Qué bueno!.... ¿Cuándo lo veo?
- ...........
- Imposible. Recién el viernes cuando salgo de la oficina. Te dejo, sigo repasando. Un beso. Llamame ¿Eh? Chau.
Seguro que está casado, no sabe qué mentira decirle a su mujer y esta chiquilina se muere por él. Se deben ver cada tanto, algún fin de semana. Debe estar en buena posición. ¿Un auto nuevo? ¿Un perro de raza? Algo así. Un perro no,... es de la pareja y ella no estaría tan ansiosa por conocerlo. La pobre parece sacada de una telenovela. La chica que trabaja y estudia y el señor adinerado. Le diría que no sea estúpida, que a la larga pierden las mujeres. Una aventura y luego de vuelta a casa con su mujercita. Al fin y al cabo siempre se los perdona, por los hijos, ¿vio? Aunque ahora las chicas son más vivas... también sacan partido y cuando no les conviene mandan todo al carajo. Sin arrepentirse, sí, así seguras de que no se van a dejar arruinar la vida. ¡La vida! ¿Qué vida? ¿La de esposa y madre? ¿La de mujer independiente?
Si lo hubiese pensado dos veces quizás ahora estaría con Gustavo. Me dejé llevar por los prejuicios de tía Armida y de mamá. ¡No! ¿Cómo se te ocurre destrozar una familia? Hay tantos solteros y justo elegís un hombre casado. Pensalo, Teresa...

Mamita juega al burako

Casi no durmió. Toda la noche repasó lo que había estudiado durante un mes. Estaba nerviosa y casi segura de que no aprobaría. El profesor era muy exigente y nadie aprobaba hasta la cuarta o quinta vez. Esta era su segunda oportunidad.
Cuando se decidió por Farmacia era la tercera carrera que intentaba. Primero fue Economía, luego Odontología y se convenció cuando conoció a Mauricio, el farmacéutico que vivía enfrente de su trabajo.
Fue el día que cruzó a comprar un analgésico para su jefe y la sorprendió un aguacero. Se taparon las alcantarillas y la calzada era un río torrentoso que arrastraba todo. Intentó salir corriendo y cruzar, pero tuvo la mala suerte de resbalar y caer en medio de la vereda. Retrocedió como pudo y entró al local, mojada y con un fuerte dolor en el tobillo.
De ahí, a frecuentes visitas a la farmacia todo fue inmediato.
Mauricio amaba su profesión no tanto por los medicamentos como por el dinero que quedaba entre sus manos cada vez que sacaba alguno del estante. Hubiese sido lo mismo tener una verdulería, un kiosco o una tienda. El placer lo encontraba cuando escuchaba el clinc de la caja registradora. Ya casi había olvidado las fórmulas magistrales y lo único que practicaba era la aplicación de inyecciones.
Cada tanto viajaba a Entre Ríos para cobrar la renta de un campito que tenía Doña Sara.
Desde que conoció a Maru empezó a cuidarse. Adelgazó cinco kilos, se puso lentes de contacto y se tiñó el pelo para tapar las primeras canas. Con su nuevo look se quitó casi diez años lo que significó aproximarse un poco a la edad de ella.
Detrás del local tenía su vivienda. Una casa antigua bastante cuidada con un patio interno al que daban las habitaciones, incluidos la cocina y el baño.
A veces Maru pasaba la noche allí .Su madre creía que se quedaba en la casa de una compañera para estudiar. El padre ignoraba las ausencias de su hija y lo único que lo reconfortaba era que la nena por fin había encontrado su vocación.
En el primer cuarto de la casa dormía Doña Sara, la madre de Mauricio. Maru apenas la conocía de verla alguna vez sentada en la caja. Su hijo la dejaba allí para que se sintiera activa como cuando él era chico. Recordaba a su padre yendo y viniendo detrás del mostrador y a ella junto a la caja. El tintineo lo tenía grabado en la memoria.
Cuando la ocasión se daba, había que hacer un trabajo de inteligencia previo. Maru salía de la oficina y se iba a la biblioteca hasta las nueve de la noche. A esa hora, doña Sara ya estaba acostada viendo televisión. Raramente se levantaba hasta las tres de la madrugada para ir al baño y era tan metódica que la luz del patio quedaba encendida hasta esa hora. Al regresar la apagaba y recorría a oscuras el último trecho sin equivocarse de habitación ni tropezar con nada.
Mauricio esperaba a Maru los días en que la farmacia estaba de turno. Por eso no había una secuencia semanal sino un calendario lleno de letras debajo de los días de los posibles encuentros.
A eso de las diez sonaba el timbre. Mauricio la hacía entrar por la puerta lateral previendo que, si Doña Sara preguntaba por el ruido de la llave, la respuesta sería que la señorita venía a aplicarse una inyección. Antes de las ocho del día siguiente, Maru se iba sin hacer ruido para no despertar a Doña Sara que nunca supo de la intrusa.
Maru trabajaba en una oficina como asistente contable. Sus jefes eran dos hermanos que habían heredado el estudio de su padre, un reconocido contador. Gracias a Dios había muerto antes de darse cuenta de que ninguno había rendido más de nueve finales.
El mayor de los hijos era serio, antipático y cuando pedía algo jamás decía “por favor”. El otro, cinco años menor, tenía un trato más afable y con él Maru podía contar para cualquier cosa, desde un adelanto de sueldo hasta un cambio de horario o un franco. Quería blanquearla, pero el Viejo, como le decían entre ellos al mayor, siempre encontraba una excusa.
La última discusión había sido porque Maru amenazó con denunciarlos si no le daban unos días para preparar su examen.
- Hola, bebota ¿adónde estás?
- ................................................
- ¿Esta noche venís?
- ................................................
- ¿Nos vemos mañana?
- .............................................
- Si querés el jueves. Mamita va a jugar al Burako con Rebe a la tarde y Juan puede quedarse solo en la farmacia.
- .........................................................................
- Bueno, arreglo para ir a Gualeguay y me acompañás ¡Ah! ya me entregaron el teléfono nuevo para la farmacia. El semipúblico. No sé. Creo que azul.
- ......................................................

Como de costumbre irían a Gualeguay en el auto viejo de Mauricio, pasarían a buscar el dinero y luego comerían junto al río. Maru llevaría la bikini, pero finalmente se pondría la enteriza. A Mauricio no le gustaba que se mostrara demasiado. A la noche hablarían a Buenos Aires para decirle a Sara que se había roto el auto, y a lo de Maru para avisar que se quedaba a estudiar en lo de una compañera. Al día siguiente regresarían y no se verían hasta la próxima compra de aspirinas.
Maru guardó los apuntes porque ya casi la combi estaba por el puente. Miró por la ventana y vio hacia el este unos enormes nubarrones. Se arrepintió de no haber puesto el paraguas chiquito en la mochila. Del otro lado el sol brillaba raro.











Nadie pudo avisar

Llegaron a la 9 de julio. Unos martillazos cada vez más intensos sacudieron la combi. El chofer intentó refugiarse debajo de la autopista a la altura de San Juan y apenas logró estacionar entre una maraña de vehículos que buscaban lo mismo.
Los pasajeros quedaron callados e inmóviles hasta que se dieron cuenta de que el ruido provenía de una granizada imprevista. Miraban azorados hacia afuera y empezaron a buscar sus celulares. Todos, menos el señor del portafolios que nunca había querido tener uno.
Maru buscó el número de Mauricio. Marcó automáticamente y se puso el teléfono en la oreja derecha. No escuchaba nada y lo cambió a la izquierda. Tampoco. Lo miró intrigada. No se iluminaba y no hacía pip. Miró para un costado y vio como los demás verificaban lo mismo. Todos los celulares estaban muertos.
- ¡Qué desastre! ¡El pronóstico no anunció esta tormenta! ¡Si sabía me quedaba en casa! ¿Y cómo salimos de acá? ¿Piensa que demoraremos mucho?
Las voces se fueron animando hasta convertirse en un monólogo colectivo.
Maru, pegada a la butaca, empezó a llorar en silencio. Dejó que las lágrimas cayeran por la cara, el cuello y se metieran en el corpiño. La blusa blanca se mojó de transpiración y de la humedad del ambiente.
Al instante apareció un pañuelo de papel que le ofreció Teresa.
- Secate - le dijo con tono autoritario. No te preocupes, siempre que llovió paró. Últimamente el tiempo está loco. Seguro que pasa pronto y sale el sol como si nada.
Maru tomó el pañuelo y se secó con cuidado. Teresa le ofreció otro, pero Maru lo rechazó con un imperceptible movimiento de mano.
El hombre que estaba junto a Teresa se levantó para observar el granizo desde el parabrisas y ella aprovechó para acercarse a Maru.
- ¿Te asustan las tormenta? A mí me divierten. Me gusta ver cómo la gente se pone loca. Parece que se les acabara el mundo y siempre protestan por la falta de previsión. Como si se dieran cuenta sólo en ese momento de que las alcantarillas están sucias, las ramas pueden caerse, los paraguas son muy frágiles y las calles se inundan.
El granizo se transformó en una lluvia torrencial y empezó a entrar agua, primero por los bordes de las ventanillas y luego por debajo de la puerta.
Maru se corrió de asiento y se sentó junto a Teresa. El agua cubrió el piso de la combi .El que estaba parado se sentó en el lugar de Maru. Todos apoyaron los pies en los respaldos de los asientos anteriores, menos el nene. No le llegaban al suelo y siguió jugando sin preocuparse.
- Perdí un mes preparando esta materia para nada – murmuró Maru. No voy a llegar a tiempo y hasta julio no la puedo rendir.
Teresa le preguntó en qué año estaba y comentó acerca de los beneficios de una profesión para una mujer. Maru casi no la escuchó porque su pensamiento estaba en cómo llegar a la facultad.
La combi comenzó a balancearse como si desde abajo la empujaran. De pronto sintieron un sacudón y el roce con otro vehículo. Tratando de mirar hacia afuera, limpiaron el vapor de los vidrios y vieron que la calle se había transformado en un río de autos que flotaban. Algunos se chocaban con fuerza y otros se cruzaban sin tocarse.
El chofer tampoco podía comunicarse y trató de tranquilizarlos diciendo que ni bien parara, el agua bajaría y podrían continuar. Que era cuestión de paciencia.
Cada uno tenía el teléfono en la mano, menos el nene y el viejo. Cada tanto intentaban comunicarse con alguien. Uno preguntó si tenían señal los de CTI pero nadie tenía ninguno de esa empresa. Otro preguntó por Movistar y todos comprobaron nuevamente que sus teléfonos estaban fuera de servicio. Ese fue el primer diálogo que tuvieron entre ellos.
De pronto un golpe seco. La combi se había detenido. Quedaron en sus asientos con las cabezas estiradas para ver lo que había sucedido. La lluvia seguía aunque era más suave. El chofer quiso abrir la puerta y no pudo. Estaba arrimada a una columna de cemento. La del otro lado tampoco. Un taxi había quedado pegado por su parte delantera.
La primera claustrofobia se presentó cuando Maru, pasando por encima de Teresa y sin que mediara una palabra de cortesía, se abalanzó para abrir la ventanilla. Empezó a entrar más agua y Teresa tuvo que correrse hasta rozar su cuerpo con el de Maru. La temperatura había comenzado a bajar. Sintieron frío.
- ¿Podrías cerrar la ventana? – pidió la mamá del nene. Me parece que ya se renovó el aire y si sigue entrando viento nos vamos a enfermar.
- ¡No! Que nos vamos a ahogar – protestó una de las del curso de pintura.
- Nos vamos a ahogar igual porque el agua nos va a tapar - dijo el joven del desodorante.
- Bueno, tengan paciencia que ni bien para, salimos de acá - manifestó el chofer.

La lluvia empezó a disminuir y una sensación de tranquilidad corrió por los pasajeros. De pronto paró. Estaban incómodos. Sin querer se habían amontonado. Tímidamente empezaron a separarse y se ubicaron en sus asientos. El chofer quiso poner en marcha el motor pero, luego de varios intentos, gastó la batería. De pronto un sacudón desencajó el vehículo, pudo abrir la puerta y vio cómo chorreaba agua del piso, lo que le dio la certeza de que ya no entraba, sino que salía.
__ Bueno, si quieren seguir habrá que bajarse y empujar.
Nadie se dio por enterado. Miraban por las ventanillas como distraídos. Sólo el señor mayor empezó a arremangarse los pantalones. Se sacó los zapatos, las medias y cuidadosamente los guardó en el portafolios.
A los otros dos no les quedó alternativa y con no muy buenas ganas hicieron lo mismo.
Bajaron. Aparecieron cuatro personas que se ofrecieron a ayudar. Entre todos empujaron y arrancó.
- ¡Por fin! - exclamaron varios. Sin embargo aún les quedaba juntar unos pesos para los muchachos que habían ayudado.
- Para una cerveza - dijo uno con tono más de orden que de pedido.
Con tal de sacárselos de encima Teresa organizó la colecta para el improvisado peaje y siguieron camino.
- ¡Qué barbaridad, antes se ofrecían por nada! - comentó una de las del curso.
- No hay caso, prefieren mendigar a trabajar - dijo la otra.
- Mirá con este día, mojándose en la calle. Son vagos.
Todavía los semáforos no andaban y al querer retomar la avenida la combi rozó a un chico que intentaba cruzar con sus pertrechos de limpiavidrios. El balde saltó y el secador fue a dar contra el parabrisas de tal manera que lo rajó de arriba abajo. El pibe quedó en el piso con una pierna estropeada.
El chofer bajó para socorrerlo en el mismo momento que llegaba un agente de policía.
Entre explicaciones y disculpas, Teresa que había bajado, se quedó con el herido esperando una ambulancia.

- ¡A vos te parece! - protestó una de las del curso de arte. Tener que perder el tiempo por culpa de los incapaces. Porque ya podrían prever las tormentas y anunciarlas con tiempo. Tanta sensación térmica al cuete, que uno no sabe como vestirse, y una catástrofe que se ve venir de lejos ni te la avisan.
- ¿Y ahora qué va a pasar con el chico? - le contestó la amiga. Ni quiero pensar en las vueltas que vamos a dar.
- ¿Y si juntamos unos pesos entre todos y se los damos? No creo que se haya lastimado mucho. Pero imaginate en el lío que nos podemos meter si se muere. Bueno nosotros no, el chofer en tal caso.
- Hola. ¿Me escuchás? Se corta...
- ¿Qué hora es? Ya no llegamos al curso. Quizás el museo se inundó como la vez anterior y suspendieron la clase. ¡Todo mal, che!






















Será un momento inolvidable



- Sólo unos magullones - dijo el médico de la ambulancia. Le dio unos analgésicos al chico y le sugirió al policía que “no lo dejara trabajar”.
Teresa comprobó que no era grave y subió a la combi.
Intentó comunicarse con su sobrina para verificar si había llegado a la casa pero no pudo. Se inquietó un poco y trató de pensar en otra cosa. Agudizó el oído para escuchar a las dos que iban al curso frustrado.
- ¿Y cómo van los preparativos de la fiesta?
- No sabés, estoy a full. Todavía no lo pude resolver. Quiero adelgazar un poco más y aunque me mato de hambre la balanza no baja.
- Falta mucho, como seis meses ¿no?
- Siete. Pero cuando querés acordar... Mirá si me pasa como a Nora que llegó el día de los quince de su hermana y a las cuatro de la tarde recién le entregaron la ropa. Ella se reía cuando nos contaba. Decía que ya tenía pensado ponerse el vestido de un casamiento anterior y disimularlo con una chalina. Yo me corto las venas.
- Es tan tranquila.
- Ya decidí lo de los centros de mesa. Nada de flores ni velas. Ahora se usan unos repollitos violetas que quedan buenísimos. Lo vi por internet en la fiesta de un empresario. Además te ahorrás un montón de plata. Bah, no sé. Si hubiese elegido el viaje me evitaba tanta complicación. Pero Gus dice que es importante la fiesta. Por los negocios. Va a invitar a dos o tres clientes.
- Yo estoy con el tema de las vacaciones de invierno. Paco me pide que decida y arregle todo. Que él está ocupado y que no le importa adónde. Los chicos quieren ir a esquiar pero a mi me gustaría un lugar cálido.
Buenas preocupaciones, pensó Teresa. Fiesta y vacaciones. Todo el año es carnaval, decía mi abuela. Cuando la pobre llegó de Europa se sentó en el puerto a esperar que la vinieran a buscar, ni conocía a los patrones que la habían contratado como niñera. Recién a la nochecita apareció el chofer. Por esas raras coincidencias eran del mismo pueblo. Un poco mayor que ella. Buen mozo. Al año estaban noviando y finalmente se casaron. Buenos los señores y a los hijos ella sí que les dio cariño. Cuando les avisamos que había fallecido, los grandulones lloraban como chiquilines. Los viejos jamás tuvieron vacaciones y las únicas fiestas que recordaban eran las de sus patrones. Seguramente por el cansancio que les quedaba después de tantas idas y vueltas.
- Otro asunto es el tema de la música. Olivia eligió unos temas espantosos pero insiste en que si no ponen esos, se va de la fiesta. Se pelea con Gus todas las noches por lo mismo y yo estoy harta de escucharlos. Y sabés que ella es capaz de hacer cualquier cosa si no le damos los gustos. Siempre fue así. Desde chiquita. Acordate cuando se encaprichó en el casamiento de Fer y tuvimos que irnos de la iglesia. Quería a toda costa entrar con la novia de la mano para que le vieran el vestido que le habíamos comprado. ¡Estaba tan divina!
Teresa se quedó pensando en las fiestas de cumpleaños. En las dos últimas a las que había asistido: el cumpleaños de Bernardo y la fiesta de quince de la chica de al lado.
La fiestita de Bernardo fue en La casita de los enanos. Una casa antigua con cada habitación reformada en un ambiente temático. Los chicos iban pasando en una especie de juego de la oca pero sin retrocesos. A las dos horas ya habían llegado al final donde los esperaba la torta, los souvenires y el “hasta el próximo cumple”. Teresa sonrió al recordar el comentario de uno de los chicos. ¡Fue igual al cumple de Santi , mami , yo también quiero que sea acá!
Se acordó de los cumpleaños de Silvina, allá en Burzaco. A las cinco llegaban los chicos del barrio y compañeros de escuela que generalmente eran los mismos. Cada uno traía un regalo y enseguida empezaban a jugar. Nadie los organizaba, participaban todos y se peleaban mucho. Los grandes conversaban y de vez en cuando, hacían de árbitro. Con las caras coloradas y los vestidos marchitos de tanto correr se agolpaban a tomar el chocolate. Inmediatamente salían disparando para no perder ni un minuto de libertad. Recién con las primeras estrellas empezaban a irse y la casa quedaba en silencio con la nostalgia de los gritos.
La de quince de la vecinita fue una fiesta convencional. Padre orgulloso de hija - mi nena - potra - adolescente. Mozos, comida , centros de mesa, animador, pista de baile, luces, pantalla, pantalla, luces, pista de baile, animador, centro de mesa, comida, mozos. Música a todo volumen. Bocas cerradas. Lenguaje de señas. Todos a bailar. Todos a sentarse. Todos a ver el video de la nena. Cuando nació. En el colegio. Las vacaciones. Los abuelos. Los tíos. Los amigos. La nena entregando las velas. La nena , la amorosa, la divina, la dulce, la mejor amiga de mamá, la compañera de papito, la virgen, la no tan virgen, la regalada, la caprichosa, la celosa, la mentirosa, la princesa de la casa, la autoridad, la tirana, la déspota. La que mereció la fiesta, la que eligió la fiesta, la que exigió la fiesta.
La combi arrancó.
Antes de llegar a la avenida Independencia sonó el primer celular.
- Estoy casi llegando. Traté de avisarte - contestó Marcelo, el cuarentón de los mocasines. A las pocas cuadras se bajó y caminó hasta una estación de servicio. Se encontró con el socio que le contó por las que había pasado con la tormenta.
- ¡Y vos que no llegabas!
- Pará, che! Que yo también la pasé fulero. Hasta tuve que empujar esa combi de mierda que se quedó sin batería. Encima casi vamos en cana porque el boludo por poco atropella a un pibe de la calle. Esos que limpian parabrisas. Menos mal que yo los frené porque si no lo matan. Se vinieron como cuatro negros con los palos de los secadores. Entré a revolear trompadas y los pendejos rajaron. Mirame como estoy. ¿Todavía te crees que vos solo la pasaste fulero?
¬¬- ¿Qué te dijo tu cuñado? ¿Ponen la guita?
- Dice que es probable .Que el gerente pide un bosquejo para presentárselo a los dueños. Que un salón de fiestas está piola pero el problema es cómo eliminar los tanques. No tiene mucha idea del lugar y los metros cubiertos.
_ Decile que eso es fácil. Ya lo tengo todo pensado. Que él consiga la plata y no se preocupe. Acordate cuando esto era el almacén de García. Costó convencer al gallego para hacer el lavadero. Después cuando pasó la moda lo reciclamos en estación de servicio y aunque no era esquina, conseguimos la habilitación.
- Porque hubo contactos. Y bien aceitados.
- Bueno, acá también se puede acelerar la habilitación. Es cuestión de plata y nada más.
- Mirá, en este país hay que tener reflejos. Si te avivás a tiempo y sos primero, ganás. Después todos quieren imitarte pero ya es tarde. Y ahí es cuando te tenés que borrar y a otra cosa mariposa. Cuando el rubro empieza a tentar a muchos se termina. Los que hicieron plata con las canchas de paddle fueron los primeros. Después brotaban por todos lados y ¿cómo terminaron? No quedó ninguna. Bué, tampoco quedaron tobillos sanos. Y así con un montón de otras cosas.















La culpa es del Ratón Pérez

La tormenta había dejado el aire fresco y transparente.
Cada uno se perdió en sus pensamientos y todos se olvidaron de los otros.
Teresa observaba los restos de ramas y hojas que parecían papel picado sobre los canteros de la 9 de Julio. El sol se deshacía en reflejos finitos y dorados que iban a parar a las alcantarillas con los últimos charcos.
La combi se detuvo en el semáforo de Independencia.
- Querido guardá el jueguito que pronto bajamos.
El nene siguió como si nada apretando botones.
La madre empezó a buscar el dinero para pagar y le repitió la orden sin el querido.
-Vamos, che, que yo me bajo y te quedás acá.
- Pará, que estoy por pasar de nivel.
- Te dije que lo guardes.
- ¡Ufa! No ves que todavía ni arrancó.
El semáforo se puso verde y atravesaron la avenida. La mujer avisó que bajarían en la calle México. El chofer activó el guiño y empezó a enfilar para la derecha. Un motoquero quiso adelantarse y la combi dio un viraje para tratar de evitarlo. En ese momento el nene perdió el equilibrio y fue a dar con la cara contra el asiento delantero. Los aparatos de ortodoncia salieron disparados y la madre se puso nerviosa.
-Te dije que prestaras atención. Agachate y encontrá los aparatos que si no te liquido. Acá chofer. Espere que se nos cayó algo. Dale nene apurate. No te los pongas que deben estar sucios. Bajá, dale que la gente no tiene todo el tiempo para vos.
Teresa limpió su mano sobre la pollera. La sintió pegajosa luego de levantar los aparatos que le habían rozado el pie. Ahí no más apareció la imagen de Cachito, su amigo de la infancia. Vio sus incisivos sobresaliendo del labio superior y tocando levemente, aunque no abriera la boca, el otro labio. A Teresa era lo que más le gustaba de él, además de sus medias con rombos celestes, grises, amarillos y blancos. Cuánto hubiera pagado ella por tener esos dientes. Dientes de conejo que al hablar dejaban saltar gotitas de saliva y producían un sonido especial. En el baño y frente al espejo ensayaba parlamentos pronunciados con los dientes sobre el labio inferior. Practicó tanto que se le hizo costumbre hasta que su madre la sorprendió y se los acomodó de un sopapo.
Nunca más Teresa pudo mirar a Cachito sin sentirse desilusionada de su propia boca.
La mujer y el nene cruzaron la 9 de julio en dirección al oeste. Había refrescado y no llevaban mucho abrigo. Apuraron el paso como para entrar en calor y al pisar la esquina sintieron que el viento les helaba la nuca.
- Este tiempo de mierda que uno no sabe como vestirse y ahora seguro que te resfriás. A tu padre se le ocurrió venir a este dentista habiendo tantos cerca de casa. Claro para él todo es fácil. Total yo no trabajo y puedo traerte todas las semanas. Menos mal que a partir de hoy será cada quince días.
- Má ¿y por qué tengo que usar aparatos?
- Porque todos los usan ¿no viste tus compañeros? Hasta al hermano mayor de Tomi le tuvieron que poner unos, pero creo que son fijos y tiene como para dos años.
- Ah - contestó el nene mientras se miraba pasar en una vidriera como si fuera un desconocido.
La vereda era angosta y caminaban esquivando basura y baldosas ausentes.
Llegaron después de hacer tres cuadras y se detuvieron en una puerta de madera lustrada y rejas antiguas. Llamaron por el portero eléctrico y subieron en un ascensor de jaulita. Al nene le divertía ese momento porque miraba como desaparecía cada piso y se elevaba su cabeza en el siguiente.
Tocaron el segundo timbre y apareció la asistente. Muy amable los hizo pasar al mismo tiempo que les anunciaba que el doctor estaba un poco atrasado.
El nene se acomodó en el sillón junto a la puerta mientras seguía jugando. La madre cambió el libro por una revista. La tapa mostraba una conductora de moda y las bondades de su última dieta. En las páginas centrales se veían las fotos de las casas de los famosos en segurísimos barrios privados.
La mujer entrecerró los ojos y se quedó dormida por unos minutos. No había nadie más en la sala de espera que pudiera observarla y el hijito seguía enfrascado en su aparato electrónico.
Soñó que ingresaba al programa televisivo de los arquitectos. Le mostraron cada ambiente de la casa en la cual todo estaba previsto y acomodado. Empezaron por el piso más alto, que abarcaba el play room. Se acordó del altillo que ella frecuentaba de chica entre secretos y cosas prohibidas. Pasaron por el segundo nivel donde visitó los dormitorios, impecables, sin restos de tostadas o manchas de mate en las sábanas. Los baños con doble bacha, jacuzzi, camilla de relax. Ahí se le superpuso el sueño con su propia imagen tratando de regular el calefón para que el agua no saliera ni tan helada ni tan caliente. Atravesó una enorme heladera e inspeccionó cada una de las gavetas hasta que cansada se recostó en uno de los huecos de la huevera. De golpe fue a dar arriba del breakfast intentando entender que era lo mismo que la antecocina que tenía su mamá en la casita de Mármol.
Se encontró en el solarium junto a la piscina climatizada y quiso cortar unas rosas que se deshicieron en cañas y papiros. Rosales de varios colores alineados en fila. Tutores de madera pintados de rojo y blanco. Perfume de rosas subió por su nariz mientras el abuelo con la tijera le daba forma a las plantas. Buscó frutales y no vio ninguno. Descubrió a lo lejos un árbol de mandarinas, uno de kinotos y un duraznero cuyas ramas estaban vencidas de tantos frutos. Corrió hacia ellos a la vez que la perseguía un camarógrafo del programa. Se trepó para arrancar un durazno que se transformó en una infalible crema antiarrugas. Miró a su alrededor y sólo vio césped surcado por algunas piedras blancas. Arrancó un tomate y se lo comió a escondidas. Estaba caliente. Pisó sin querer las acelgas y unos plantines de albahaca. Pensó que si la descubrían a esa hora de la siesta terminarían para siempre sus aventuras en la quinta. Trató de encontrar el sendero para regresar a la casa. Muchos caminitos se abrían entre los surcos sembrados. A medida que avanzaba por uno volvía al lugar de origen. No podía salir.
Empezó a gritar -¡Mamá!
- ¡Mamá!, nos toca a nosotros - le anunció el nene al advertir que el doctor se despedía de un paciente.
La mujer se sobresaltó y pasó las manos por la boca. Tenía miedo de que la delatara algún rastro de baba en las comisuras.























Hay que desviarse
El chofer guardó el dinero que le había dado la mujer y giró para cerrar bien la puerta. Arrancó despacio y se comunicó con la central.
- Lucho ¿me copias?
- Sí, decime.
- ¿Pasa algo en Avenida de Mayo?
- Hay una manifestación. Van hacia Plaza de Mayo así que desviate por Moreno.
- Ok.
Siguió por la derecha para tomar Bernardo de Irigoyen y doblar por Moreno.
Teresa levantó la vista y descubrió las estatuas que sobresalen del antiguo edificio de obras públicas. Muchas ventanas con equipos de aire rompían la monotonía de las paredes grises.
- Me bajo acá - dijo el muchacho del desodorante.
Acomodó la carpeta de R y asociados, cerró el celular y bajó en Moreno.
Sintió frío y se subió el cuello del saco. Caminó ligero hasta Avenida de Mayo y trató de cruzar antes de que pasara la manifestación.
Una línea de personas que ocupaba todo el ancho de la avenida avanzaba portando pancartas y bombos. Detrás se reproducían en centenares que caminaban despacio, arrastrando los pies y vociferando de vez en cuando alguna consigna.
El joven se detuvo. Apretó la carpeta contra su pecho y guardó el celular en el bolsillo del saco. Se puso a contemplar lo que muchas veces había visto por televisión y que de alguna manera le provocaba indiferencia.
Ahora estaba allí y los veía en vivo y en directo. Los otros, los que no trabajan, los que van porque sino no les continúan el plan, los que exigen que les den, los que viven en las villas, los que cobran sin hacer nada, los mal vestidos, los sucios, los que no estudiaron porque no quisieron, los que se vinieron a invadir la capital, los que no son .
Se quedó inmóvil mirando pasar la manifestación. Todas las caras eran la misma. Hasta los chicos que iban en brazos le parecían adultos pequeños.
De pronto la descubrió. Era ella, la Gaby. Trató de seguirla con la mirada para no perderla. Avanzaba junto al cordón de la vereda dirigiendo a los demás para que no se dispersaran. A medida que se acercaba escuchaba mejor su voz enérgica. Era ella, la Gaby, no había duda.
Trató de que lo mirara y levantó ambos brazos. Ella seguía arengando a sus compañeros sin advertirlo. Él bajó de la vereda y se unió a la marcha en el momento que pasó a su lado.
- Manu ¿qué hacés acá?
- ¿Por qué desapareciste sin avisarme?
- Mucho no te importó, tenías mi celular para averiguar.
- Vení, vamos a tomar un café.
- Estoy ocupada, ¿no ves?
- Dale salí de este quilombo y vamos.
- Después. Sacate el saco y acompañame hasta la plaza.
Manu se sacó el saco y la corbata. Se desabrochó varios botones de la camisa y empezó a agitar la carpeta a la vez que entonaba los cantos. Avanzaba junto a la Gaby y arengaba a los demás con entusiasmo. Se unió a la multitud y olvidó para qué había ido a la capital.
Recorrió las pocas cuadras entre los gritos de los manifestantes y el compás de las batucadas.
Al llegar a la plaza, vio como la Gaby dirigía a la mitad de la derecha para que se ubicaran sobre la parte sur. Los otros fueron tomando la parte opuesta en perfecto orden. Se produjo un silencio ensordecedor. Apenas se escuchaba el roce de las zapatillas y el suave murmullo de las pancartas.
Sobre la casa de gobierno detrás de las vallas, los policías. Uno junto al otro sin dejar un centímetro de luz. Serios, sosteniendo sus escudos y sus cachiporras. Sobre la esquina de Balcarce y Rivadavia, los carros hidrantes.
La plaza se fue llenando hasta que literalmente desapareció la Pirámide de Mayo.
Otras banderas y siglas se fueron uniendo; sobre un improvisado estrado, alguien comenzó a hablar.
- Bueno, ahora podemos irnos - le dijo la Gaby
- Pará , que ahora quiero saber qué dicen.
- Lo mismo de siempre. Que se tiene que terminar con el imperialismo. Que basta de vendernos a los grupos empresarios. Que se vayan los gobernantes de turno. Techo y trabajo para todos. Lo que se espera que digan. Después si no hay algún perejil que encienda una mecha nos desconcentramos y cada uno a los micros y de vuelta a casa.
- Pero, ¿y así es siempre?
- Sí, así es siempre.








Lavanda, pino y café


La combi siguió por Moreno hasta Entre Ríos. Hubiese podido retomar la primera calle mano hacia el norte pero el chofer prefirió hacer unas cuadras más para asegurarse de que no se toparía con la manifestación.
Pasó por el edificio de la Policía Federal y Teresa vio cómo por la lateral salían tres carros de asalto y bajaban por Belgrano. Le recordó otros tiempos e imaginó que nunca iban a repetirse.
El señor del portafolios y los zapatos lustrados aprovechó para bajar en Congreso. El recorrido habitual no era por ahí pero a él le venía de maravillas. Cruzó por delante de la combi que estaba parada en el semáforo. Teresa lo siguió con la mirada y se detuvo en el brillo de los zapatos.
- Seguramente su mujer le preparó la ropa para que el viejo no salga como se le da la gana. Todos son iguales - pensó.

El viejo caminó mientras recordaba la última conversación.
- Sé que es duro, Tito, pero deberías ir a ver a tu madre.
- Ella no entiende nada. Ni siquiera te conoce a vos.
- No sabés lo que ella entiende. A mí ni me mira pero yo sé que cuando la acaricio se pone más relajada.
- No quiero. Me hace mal y no soporto verla así. Es peor que si estuviera muerta.
- No seas desagradecido. Es tu madre y se desvivió por vos.
- Por eso mismo. Me parece una injusticia que esté pasando por esto.
- Nada en la vida es justo. Ni siquiera que yo esté todavía vivo.
Cada mañana después de arreglarse como para su primera cita, Alfredo visitaba a Matilde. Le llevaba alguna golosina que quedaba para la enfermera porque su mujer sólo se alimentaba con líquidos. Le acariciaba la cabeza y le contaba de la familia. Inventaba historias y se reía de sus propias ocurrencias. A veces le participaba de secretos porque sabía que la pobre no podría revelarlos. Hasta llegó a contarle que una noche se había ido a bailar tangos al centro de jubilados y se había entusiasmado con la secretaria. Matilde ni se inmutó. Permaneció en la misma posición encorvada sobre la mesa pero él pensó que ella se había enojado y le prometió que no iba a suceder más.
Después del almuerzo la llevaba a la habitación, la ayudaba a acostarse, entrecerraba las celosías para que la claridad no la perturbara y silenciosamente volvía a su casa.
Lo esperaban tres gatos y la ropa desparramada .Tito lo había obligado a tomar una mujer para la limpieza pero Alfredo aceptó que fuera sólo los martes. Ese día salía y evitaba quedarse mientras la señora limpiaba. Hacía las compras de lo que se iba terminando, pagaba los servicios y si le sobraba tiempo leía el diario y tomaba un cafecito en el bar de la esquina. Un martes por mes iba a Capital.
Al regresar la casa olía a lavanda y le recordaba los buenos momentos con Matilde.
Aquella época cuando después de cerrar el negocio volvían a almorzar. Lo hacían en bicicleta o caminando si el tiempo no era bueno. Dormían la siesta y de vuelta al negocio hasta que oscurecía. Había meses en que el trabajo aumentaba entonces contrataban algún jovencito para que les ayudara. Tito se había ido a estudiar a La Plata y volvía semana por medio. Ese era un día de fiesta para ellos. Se asomaban a la puerta a la hora que estimaban su llegada y a veces caminaban hasta la estación. Matilde preparaba tallarines con estofado y panqueques de manzana para el postre. Su cuarto se inundaba de olor a pino porque el día anterior había sido ventilado y los árboles del fondo que habían sido plantados cuando él nació sudaban perfume. Al día siguiente regresaba a la pensión con varios panes y dulces caseros.
Tito se recibió y años más tarde se fue a vivir solo. Matilde fue perdiendo la memoria hasta que se olvidó de sí misma y Alfredo se quedó solo, regando las plantas.
















Cuadros

En la combi sólo habían quedado Teresa, Maru, las dos del curso y el chofer.
Todos estaban callados ni siquiera las que iban juntas conversaban. Se escuchaba una canción de Shakira cuyo ritmo parecían acompañar los movimientos del vehículo.
- ¿Por dónde va a retomar? - preguntó Teresa.
- Ahora salgo por Hipólito Irigoyen hasta la 9 de julio. Eso si la manifestación ya pasó. Si no vuelvo a desviarme por Libertad.
- Con tantos inconvenientes demoramos bastante. Ya hubiésemos llegado al Colón - acotó Maru mientras calculaba cuánto le pondría hasta la facultad. Todavía le faltaba tomar el subte en Tribunales y bajar dos estaciones después.
Eran las tres y cuarenta y cinco. Con suerte en veinte minutos alcanzaría el subte y diez más para llegar. Serían las cuatro y cuarto y recién se abriría la mesa. Llegaba bien aunque no tanto como para tomar un té de tilo en el bar. Igual se tranquilizó.
Teresa miró la Plaza de los dos Congresos llena de palomas que picoteaban el piso. Todavía quedaban charcos en las veredas y algunos perros vagabundos bebían. En un canil vio a otros de raza y de buena familia. Imaginó que se contemplarían con envidia. Los paseadores de perros charlaban, seguramente, sobre las consecuencias del temporal.
Cuando pasaron por el último trecho de la plaza, en la esquina de Luis Sáenz Peña, una pintura surrealista quedó enmarcada por los bordes de su ventanilla. Un árbol enorme sostenía entre sus ramas algunos colchones de goma espuma. Recostados sobre el tronco tres indigentes tomaban de la misma botella. Sentado sobre una raíz gruesa un chico de no más de diez años aspiraba dentro de una bolsa. Y al frente en primer plano una mujer intentaba subir un cochecito a la vereda.
Cruzaron y otra pintura mostraba a varios turistas tomando cerveza y sacando fotos en la confitería de la esquina. Reconoció el cartel que advierte en la puerta “el baño es para uso exclusivo de los clientes”. Recordó los más significativos mensajes de todo tipo de soledades. Amores, desamores, odios, envidias, humoradas y fantasías eróticas.
Teresa se acordó de los tiempos del cólera, no justamente de la obra del colombiano sino de aquella epidemia que afligió al país y alrededores por los años ochenta. Todos se acordaron de la lavandina con tal de no irse en aguas por el inodoro. A pesar de las desgraciadas consecuencias sirvió para que los baños públicos estuviesen más limpios.
- En este país parece que tenemos que morir de golpe para pensar después como morir de a poco - pensó mientras buscaba el cinturón de seguridad en su asiento.
Una de las del curso recibió un mensaje de texto. Lo contestó y le comentó a su compañera.
- Es Nora, me dice que no pudo venir porque tenía una reunión de padres.
- Mentiras, es una excusa para no decir que tiene que esperar al cerdo del marido con la cena.
- Me parece que al curso no llegamos. ¿Y si nos vamos a un shopping? Total si empezó ya perdimos más de media hora y si se inundó el salón seguro que no se hace.
- Dale. ¿Pero a cuál?
- Al Abasto, Alto Palermo.
- El curso dura hasta las siete así que podemos volver a esa hora. Yo dejé los chicos con mi suegra pero ni se va a enterar.
- Yo le dije a Gus que llegaba tarde y Olivia está en lo de Flopi.

La manifestación ya había pasado y la combi retomó la 9 de julio. Todavía quedaban rastros de la tormenta y la gente parecía confundida después del desastre. Algunos llevaban los cuellos levantados porque hacía frío y otros maniobraban sus paraguas porque no se habían dado cuenta de que ya no llovía.
Teresa se corrió hacia el pasillo para mirar el obelisco. Un avión iba derecho a incrustarse en él. Contuvo la respiración hasta que pasó de largo muchos metros detrás.
- Igualito a la imagen reiterada de la tele y la misma dirección - pensó mientras se le escapaba bajito un ¡qué locura!
La combi rodeó la plaza de la República y las dos mujeres bajaron en Corrientes.
Buscaron un taxi y se fueron al Abasto.






Bendita tú eres


No sé qué hacer. Faltan pocas cuadras y tengo que bajarme. Son las cuatro menos cinco. Si vuelvo a casa llego como a las seis. Podría caminar un poco por el centro. Hace mucho que no salgo sola. Si lo hago con los chicos tengo que ir a donde ellos quieren, con Silvina siempre es para comprar ropa. Podría hacer de cuenta que soy una turista en Buenos Aires. Así me gustaría conocer otra ciudad, recorriendo sin rumbo fijo, sin guías que todo lo saben o lo inventan. En el bolsillo chiquito puse el billete para pagar. Las agujas, el ovillo, la billetera, las llaves, el celular. Mejor pongo el celular en el bolsillo de afuera por si me llaman. ¿Quién? Silvina ya sabe que no voy .Él. Él jamás me llama. Jamás lo hizo. No, lo desconecto por las dudas. ¿Le aviso así no se preocupa? A esta hora todavía está durmiendo. Si le aviso seguro que me toma por loca ¿Y por qué no te volvés ahora? ¿Qué le digo? Salir sola a caminar por ahí no es una causa justa. Podríamos caminar juntos. Como cuando nos quedamos solos.
Sí, ya bajo. Me distraje acomodando el bolso. Disculpe. ¡Hum! Qué frío. Podría haberme puesto la campera de cuero. Pero con pollera no me gusta. Este saquito es liviano pero abrigadito. Lástima que no para el viento. El viento me molesta. Me voy hasta Corrientes .No, la plaza Lavalle. Hay un árbol enorme. Me acuerdo cuando cortaron el del terreno de al lado. Habíamos colgado unas sogas para hamacarnos. Al viejo se le ocurrió vender el terreno y lo primero que hicieron fue cortarlo. Lo cortaron. Así de una. Y pensar que el árbol fue el mejor argumento de venta. Terrenos arbolados ya no se encuentran por Adrogué. Si viviera. Pobre viejo fue como si le cortaran un pie. Si viera ahora. No queda ninguna casona. Ningún árbol. Ningún terreno. Algún día va a ser como acá. Calle. Veredas sin árboles. Edificios altos. Sólo pedacitos de cielo. Antes había cielo y en el cielo las estrellas. Y salíamos a mirar para arriba y a contarlas. Y había cincuenta. Siempre había cincuenta. Y jugábamos afuera hasta tarde. Afuera de las casas, en la calle. Hasta que el primer grito de adentro que ya es hora nos avisaba que todavía quedaban dos o tres más.
¿Dónde están los chicos aquí? Bernardo y sus jueguitos electrónicos. Sofi y sus muñecas, pero sola. Yo jugaba con amigas. Las tardes después de hacer los deberes, no las tareas. Eran deberes porque los chicos teníamos más deberes que derechos. Ahora tienen derechos. Pobres, sólo tienen derechos. Derechos que se dicen, que se declaman, que se olvidan. Los tribunales. El palacio de Justicia .Derecho. Derecho internacional. Mi hijo especialista en derecho internacional. Se fue a vivir a La Haya. ¡Qué orgullosos estábamos! Veintiséis años y un camino por delante. Se fue. Nuestro único hijo. Siempre fue muy estudioso. No le gustaba ningún deporte. Sólo jugaba al ajedrez. El padre tenía miedo de que fuera mariquita. Lo llevaba a la cancha y al pobre no le gustaba. Este chico es raro, Teresa. Habría que mandarlo de vacaciones a lo de mi hermano. Allá no va a ser el único. En el campo y con los cuatro primos por ahí se aviva un poco. Y allá fue con sus once añitos. A la semana lo devolvieron con un ataque de asma. En realidad fue una bronquitis. También. Lo hacían levantar a la madrugada para ver ordeñar las vacas. Y con ese rocío. Esos chicos se fueron del campo. El tambo se murió con mi cuñado. Hubiera sido bueno que alguno se ocupara. Creo que el más chico es ingeniero agrónomo pero se dedica a la soja. Nunca me gustaron los porotos de soja. Y el aceite, menos. Doblo acá y me voy por Córdoba. Qué cambiado está todo. Hay más locales de ropa que la última vez. Espero que se haya dado cuenta de bajar la ropa. Tendría que haberla sacado antes de salir. Qué se va a dar cuenta. Últimamente no hace nada . Creo que se le terminaron las ganas. Hasta de salir a caminar. Cuando quedamos solos no queríamos estar en casa. Salíamos. Todavía trabajábamos pero a la noche después de cenar dábamos una vuelta. En silencio. Parecía que no queríamos nombrarlo por miedo a extrañarlo más. Cuando compré la computadora nos escribíamos y después fue la camarita. Ahora chateamos .Él no se anima todavía. Dice que prefiere el teléfono así que se va al locutorio y habla. Pero después no me cuenta. Yo tampoco le digo de qué hablamos. Por acá vivía una compañera del Normal. Casi llegando a Callao. Era de familia muy rica y cuando salíamos del cine la esperaban la mucama con el chofer. Nunca supe bien por qué nos mudamos a la Capital. Mamá me dijo que era porque quedaba más cerca el trabajo de papá. Así no tenía que andar tanto. La verdad que se viajaba mal pero peor es ahora. Suerte que no tengo que venir todos los días. Si no tendría que hacerlo en tren. Dos veces por semana me banco la combi. Cuando me recibí de maestra iba en tren hasta Lanús. Podía llevar el guardapolvo puesto. Ahora es un asco. Hay pañales descartables tirados por los asientos. Antes usábamos pañales y el chiripá de tela. Se lavaban con jabón blanco y después se hervían para que no se les paspara la cola. Qué bueno, lo de los pañales descartables. Voy a cruzar Callao y sigo hasta Corrientes. Por acá la ciudad parece más cuidada. No como por Constitución. Y allá en la zona norte. Hasta aire acondicionado tienen los trenes. Y hay una estación que parece el aeropuerto de Ushuaia. Muchas diferencias. Muchas. La gente nace en un lugar y se va. Como Maxi. La última vez que estuvo decía este país. Es el país de los sobrevivientes. Somos sobrevivientes de las epidemias, de la guerra, de los secuestros, de la economía, de los accidentes de tránsitos, del vino contaminado, del propóleo, de las reformas educativas, de los derrumbes, de los incendios, de los políticos de turno, de las malas praxis, de los abogados truchos, de los religiosos. La Iglesia del Salvador. Voy a entrar. Pido un deseo porque desde que era adolescente que no entro. Me olvidé como se reza. PadrenuestroqueestásenloscielosDiostesalveMaríallenaeresdegraciaperdonanuestrasdeudasnosecambiópornuestrasofensasGloriaalPadreyalHijoyalEspírituSantoamén.Me siento. Me arrodillo. Pido. No me gusta pedir. Dios sabe lo que necesito. Pero no debo ser egoísta. No pido para mí. Pido por los otros. Pero es para mí. No me gusta ver el sufrimiento. Es por mí que pido. No debo pedir. Tengo lo suficiente. Pero no tengo lo suficiente porque están los otros que no tienen y eso no me gusta. Yo no tengo lo suficiente porque mi hijo no está acá. Pero él está bien y debo pensar en él. Pero estoy sola. Estoy con su padre. Pero no es lo mismo. Ya no sé que pedir. Dios sabe. ¿Sabe Dios?
























Ramito de flores


Teresa bajó despacio los escalones de la iglesia. Miró a la mujer que pedía limosna y sacó unas monedas. Sintió la mano áspera y su primera intención fue retirar la suya rápidamente. La mujer la apretó y agradeció con su letanía. Para comer algo, gracias que Dios la bendiga. Para comer algo, gracias que Dios la bendiga.
Caminó unas cuadras. No sabía qué hacer y entró en un café para descansar. Se acomodó en una de las mesas junto al ventanal y esperó que la atendieran.
Cuando sacó los anteojos del bolso se le cayó el ovillo de lana. Fue rodando hasta la mesa de al lado. Se agachó para levantarlo y vio unos zapatos lustrados que le llamaron la atención. Levantó la vista y lo reconoció. Estaba leyendo el diario y tomando un café. Teresa hizo como que no se había dado cuenta y en ese momento escuchó:
- Qué coincidencia. Usted viajó conmigo en la combi ¿verdad?
- ¡Ah! Sí. Con el diluvio y el chico del limpiaparabrisas. ¡Qué casualidad!
- Si sabía me hubiese quedado en casa. Parece que ya no viene mi hijo. Seguro que tuvo alguna reunión urgente. Sabe, mi hijo es diputado. Todos los martes nos encontramos acá para charlar un poco. Está tan ocupado. Es la única forma de vernos. Yo no quiero molestarlo en su casa y menos en la oficina.
Teresa pensó en los diputados. ¿Sería el hijo del señor el que ella había votado? Nunca pudo conocer a ninguno de carne y hueso. Siempre veía alguno por la tele y generalmente eran los mismos que aparecían una y otra vez.
- Debe ser interesante ser diputado. Uno puede pensar cómo resolver los problemas de la gente y ayudar. ¿No?
- Sí. Pero es difícil. Él siempre me dice que hay muchas presiones y le cuesta consensuar sus proyectos.
- ¿De qué se ocupa?
- De los jubilados y la tercera edad.
- Mire. Por fin alguien joven que se ocupe de los viejos. Debe ser una persona muy sensible. Y un buen hijo.
- Sí, buen hijo. Nunca me deja faltar nada y a su madre que lamentablemente la tengo internada, no hay semana que no la vea.
- ¿Qué le pasó?
- Hace muchos años que se desconectó de este mundo. Es como una nena y no nos conoce. Mi hijo sufrió mucho la enfermedad de su madre.
Siguieron conversando de mesa a mesa hasta que llegó el mozo.
- Un té con leche, por favor.
La charla se convirtió en una seguidilla de dónde viene, qué hace, con quien vive, este tiempo loco, los transportes.
- Sirva acá, mozo. Yo la invito a la señora.
- Pero si viene su hijo… ¿No lo va a esperar?
- Ya no viene. Cuando llegue a casa seguro que tengo un mensaje.
_ ¿Quiere hablarle? Le presto mi celular.
- No, gracias. Esos aparatejos me resultan odiosos. ¿Se dio cuenta? La gente ya no se habla cara a cara. Además parece que no pueden estar sin comunicarse. Y generalmente por lo que escucho son cosas sin importancia. No. Déjeme de embromar. Hasta van en auto hablando. Y he visto en una mesa de café cada uno hablando con otro por celular. ¡Qué barbaridad!
- ¿Se acuerda lo que costaba tener teléfono? Había que esperar años. Me acuerdo que a mi casa venía toda la gente del barrio para hablar. Y muchas veces nos mandaban a buscar a alguien porque lo llamaban. Así también nos enterábamos de la vida de los demás. Ahora se habla más pero se sabe menos.
Cuando se dieron cuenta había tres pocillos de café y dos tazas de té vacíos.
- Ha sido una tarde diferente. Si hubiese llegado su hijo y a mi sobrina no le hubiesen cancelado las entrevistas, esto no hubiese sucedido. Es el subjuntivo.
- ¿Qué dice? No la entiendo.
- Yo sí. Pienso que todo es una gran casualidad.
- La vida, señora, es una gran coincidencia. Una suma de casualidades.
- Sin embargo hay gente que cree que puede planificar su vida.
- Yo hace rato que dejé de pensar eso. Ahora espero que pase.
Teresa apoyó los dedos de su mano izquierda sobre el borde de la mesa mientras con la derecha deslizaba los anteojos hasta la punta de la nariz. Miró por encima del armazón y se inclinó hacia adelante. Fijó la mirada en el cuello gastado de la camisa de Alfredo.
- Cuando usted dice que pase, ¿se refiere a la vida?
- Sí. Que suceda lo que tiene que pasar de una vez por todas.
- Se refiere a la enfermedad de su mujer.
- No, a todo. La vida cansa. Uno tiene la obligación de vivirla sin saber por qué. Cada amanecer promete algo diferente y cuando termina el día uno se da cuenta de que todo ha sido igual. Un día igualito al otro.
- Sin embargo hoy no fue igual. Mire todo lo que nos pasó en un simple viaje en combi.
- Fue diferente en parte. Viajamos por una razón que ya estaba prevista. Usted para cuidar a sus sobrinos y yo para ver a mi hijo. Hubo un contratiempo que nos reunió a todos y después cada uno por su lado, con su vida a cuestas .Es como si en un momento las vidas se rozaran y después estallan vaya a saber en qué.
- Es cierto. ¿Vio que había una chica con unas carpetas? Iba a rendir un examen. Estaba nerviosa. Quién sabe cómo le habrá ido. Nunca lo sabremos. Ya casi se me borró la cara que tenía.
- ¿Y el nene que jugaba como si nada? Quizás dentro de unos años será el que nos firme el certificado de defunción.
- ¡La boca se le haga a un lado! No hay que pensar en eso.
- Pero alguien lo va a hacer. Pasaremos a ser un pedazo de papel de la rutina de esa persona.
Teresa frunció los labios no muy convencida y se excusó para ir al baño.
Cuando regresó encontró un ramito de flores sobre la mesa. Alfredo había desaparecido. El mozo le dijo que el señor le pedía disculpas, pero que había tenido una llamada urgente y se tuvo que retirar.
- ¿Qué raro? Si no tenía celular – murmuró.
- No se preocupe señora. Todos los martes hace lo mismo. Siempre encuentra alguien con quien conversar y después desaparece.
- ¿Pero nunca se encuentra con el hijo?
- Él dice que lo está esperando y que es diputado, pero la última vez que vino fue hace tres años. Se encontraban una vez al mes y siempre terminaban discutiendo. Después, desde que se lo mataron, el viejo viene una vez por semana.
Teresa sintió un fuerte dolor de estómago .Se dejó caer en la silla que había ocupado Alfredo. Tomó las flores y muy despacio las fue tocando una por una. El dolor cedió y pudo acomodarse. El mozo le preguntó si deseaba tomar otro té .No contestó. Le volvió a preguntar.
- ¡Pobre! ¿Le debo algo?
- No, él siempre paga.
Guardó el ramito en uno de los bolsillos del bolso cuidando de que no se aplastara demasiado. Apoyó los brazos en la mesa y con dificultad se incorporó. Le dolía todo el cuerpo.
Caminó lentamente hasta la puerta y se arrepintió de no haberle preguntado cómo lo habían matado. El porqué era innecesario.



















Mucho, poquito, nada


Ya había oscurecido cuando Maru salió del aula escupiendo fórmulas. Esperó la entrega de libretas y cuando vio el cuatro fue como haber recibido una medalla de oro. Apenas si tuvo ganas de comentar con sus compañeros las dificultades para preparar la materia, los temas que le habían tocado y los nervios que sintió cuando la combi no arrancaba.
Le entregó los apuntes a una chica que ni siquiera conocía pero que había salido mal. Desanduvo los pasillos y llegó a la calle.
- ¡Me fue bien! - le comunicó a su madre para que apagara la vela y desatara los nudos del pañuelo.
- Me voy a encontrar con Mauricio y después te aviso si me quedo en lo de Clarita.
Tomó el colectivo y bajó en la esquina de la farmacia. Entró simulando un aplazo hasta que Mauricio la abrazó para consolarla. Se sintió protegida entre los brazos velludos y deseó desaprobar alguna vez más para gozar de esa ternura. Rápidamente la broma fue revelada y eufórica lo llenó de besos. Mauricio trató de calmarla cuando percibió que estaba su madre.
- Estoy muy cansada y con ganas de darme un buen baño. Me vuelvo a casa. Quizás alcance la combi de las diez ¿Quedamos para el jueves, entonces?- le susurró al oído.
- ¿Cómo te fue, querida?- le preguntó Sara
- Bien, aunque fue muy difícil ya me la saqué de encima.
- Esa materia siempre fue muy brava. Recuerdo que el pobre Mauricio la dio tres veces. Ya quería abandonar pero el padre se puso enérgico. Sí, porque David era bueno pero que no dejara de estudiar porque lo mataba. Cuando salió del secundario no quería seguir farmacia. Y eso que se había criado entre remedios.
- ¿Y qué quería hacer?
- Agronomía para irse al campo de Entre Ríos. Pero el campo es muy inestable. Un año estás bien y al otro una sequía o una inundación te mata la cosecha. Siendo farmacéutico o bioquímico tenía nuestro negocio que es más seguro. Enfermos siempre hay. Nunca nos faltó nada. Pero vivir sólo del campo es imposible. Además según los gobiernos, te va mejor o peor. No, el campo es para que lo trabajen otros. Mi padre murió con la pala en la mano. Jamás tuvo descanso ¿Para qué? El campo es muy duro.
Maru se fue oliendo a tierra húmeda y a bosta.
Al día siguiente tomó la decisión de renunciar. Si bien cumplía un horario que le permitía cursar algunas materias no le gustaba para nada lo que hacía. Llegó a la oficina y les anunció que en un mes dejaría. Primero el Viejo se puso como loco.
- ¿Justo ahora que estamos hasta las manos se te ocurre irte? Sabés que no bien podamos te blanqueamos. Al fin y al cabo trabajás cuatro horas por día ¿Dónde vas a conseguir algo igual?
- Me voy a arreglar. Mis viejos me van a bancar unos meses hasta que consiga. Además quiero empezar algo relacionado con el estudio. Creo que en la farmacia de enfrente necesitan una vendedora.
- ¿A lo del ruso te vas a ir? No sabés. Ese sí que no perdona una. Al pobre muchacho lo tiene de acá para allá y no le paga nunca. Me lo dijo el portero que a veces conversa con él. Dice que es un maniático y controla a cada rato la caja. No deja un mango. Y no por los chorros, sino para que al empleado no se le ocurra llevarse una moneda. Es un miserable. Además, si hacés horario completo ¿cuándo vas a la facultad?
- Voy a probar. A lo mejor me toma de mañana solamente.
Maru sabía que Mauricio no era así. Juan estaba contento con su trabajo y ella seguro que lo convencía para ayudarlo unas horas.
El jueves salieron para Entre Ríos. Cuando cruzaron Zárate Brazo Largo, Maru le propuso que la dejara trabajar con él. Sabía que Mauricio lo aceptaría aunque le dijo que lo iba a pensar. Dos mujeres en la farmacia le parecía demasiado sobre todo si una era la madre y la otra la novia.
Buscaron el dinero de la renta, comieron junto al río, como de costumbre hablaron para tranquilizar a las familias y durmieron en un hotel.
- ¿Y qué les vas a decir a los contadores? - preguntó con ironía Mauricio.
- Ya les dije que quería trabajar en algo relacionado con mi carrera.
- ¿Saben que yo estoy buscando empleada?
- Sí, y también que sos insoportable como patrón.
Los dos rieron y se hundieron en las sábanas.






Sube y baja

- Dale ahora podemos ir a tomar algo hasta que terminen. Tenemos una hora. Sé de un barcito acá a la vuelta.
- ¿Y como sabés cuáles son los tuyos?
- ¿Qué míos?
- Los que vinieron en micro a la manifestación.
- Ya los conozco a todos. Hice como diez piquetes.

Gaby se sentó mirando para la plaza. Manu no quería perderse nada, así que arrimó la silla junto a la de ella.
- ¿Qué hacés? ¡Lo nuestro ya fue!
- Si la que desapareció fuiste vos. Con esas ideas raras. No sé quién te las metió. Podríamos estar viviendo juntos.
- No me hagas reír, Manu, que tus viejos casi se mueren cuando me llevaron a casa después del cumpleaños de la abuela.
- Me importa un huevo lo que ellos piensan.
- Dijeron que largaste la facu por mí.
- Ahora la retomé. Estoy trabajando con mi viejo en su estudio.
- Mirá vos, el nene. Seguro que piensan que porque te dejé volviste a la vida normal.
- Maso. A ellos les embolaba tu forma de ser. Nada te venía bien. Acordate cuando no quisiste ir a la costa con nosotros.
- Manu, era como decir miren qué democráticos somos. Llevamos a la chica de la villa a que conozca el mar.
- Vos no vivís en la villa. Es un barrio humilde.
- Humilde. Un eufemismo para disimular que no soportan la realidad. ¿Ves? esta es la realidad. Gente que sigue a otros porque no entiende nada. Ellos tampoco ven la realidad. Saben que algunos tienen casas confortables, buen trabajo, pero creen que todo se da porque sí. También están en otro mundo. Como ustedes.
- ¿Y yo por qué?
Porque a vos te enseñaron que lo que tenés es producto del trabajo. Tu padre se rompe laburando para que estudies. ¿Y sabés? Esta gente también se rompe limpiando la mugre de ustedes. Desde limpiarles la casa hasta juntar los cartones que tiran. Pero ellos creen que debe ser así. Y sus hijos serán así. Se mienten y les mienten con el cuento de la educación. Mandan a sus hijos a las escuelas. ¿Para qué? Si lo que aprenden es para sostener este sistema de mierda.
- ¿Y por qué colaborás con la mentira? Sos un eslabón de la cadena.
- Para comer. Prefiero esto a ser cajera de supermercado. Por lo menos puedo ir al baño cuando quiero. Tengo franco los domingos porque en esos días nunca hay piquetes.
- ¿Y cuánto te dan?
- Depende. Si es para hacer número te pagan según la gente que juntás. Si es de un gremio chico te dan tickets para comida y zapatillas. Después los cambias o los vendés. Además alguno te puede dar una mano. Nunca se sabe quien va a estar en el gobierno y es bueno conocerlos.
- Mejor sería que tengan un oficio.
- Oficios. Vos lo dijiste. El pobre, oficios. El rico, profesiones.
- ¿Te das cuenta que no se puede hablar con vos? No todos pueden ir a la universidad. Hoy no encontrás un carpintero, un plomero, por ningún lado. Y lo que cobran.
- Mi viejo era ferroviario y ¿como terminó? Desocupado. Y ni pensar en los pueblos que quedaron vacíos. Fueron los tuyos los que miraron para otro lado. Hasta que les tocaron el bolsillo. ¿Viste que a todos los agarró el corralito? ¡Mierda! Qué manera de ahorrar guita. Hasta los docentes tenían plata en los bancos. Y los de arriba, los de muy arriba ya la tenían afuera cuando se vino el colapso.
- No todos los que tienen guita roban.
- Mirá Manu, sos muy pelotudo. Lo que le falta a unos le sobra a otros. Lástima que a muchos les sobra mucho y a muchos les falta todo. Y no es plata. Es una vida segura. Sin sobresaltos. Saber que tus hijos tienen comida todos los días. Un médico. Una escuela como la gente. Que por otra parte el que ya lo tiene ni lo registra porque su preocupación es dónde pasar las vacaciones o qué auto comprar ¿Sabés? Creo que hay muchas especies en la naturaleza, pero la única que se mata a sí misma es la humana.
- ¿Por qué no seguís estudiando? Podrías ser una buena abogada.
- Por ahora no puedo. Tampoco estoy muy segura si quiero.
- Entonces tu vida no va a cambiar. A no ser que te consigas un tipo con plata.
- Mirá, ahí está la diferencia entre vos y yo. Me importa un carajo cambiar mi vida si es a costa de conseguir un tipo que me mantenga. No es la plata lo que quiero. Es la vida que podés hacer con plata pero sin necesidad de tenerla.
- No te entiendo. Según vos, la buena vida se hace con guita pero no querés tenerla.
- Lo que no quiero es vender mi libertad.
- Todos somos esclavos de alguien. Yo, de mi viejo .Vos, de estos negros
- ¡Por qué no te vas un poco a la mierda!

La gente empezó a desconcentrarse. La Gaby terminó apurada la cerveza, se despidió con un beso y salió corriendo.
Manu se acomodó la corbata, se puso el saco y abrió el celular.
- Hola, Marta, avísele a mi papá que estoy llegando. Me agarró un piquete. Y sí, las cosas de este país. Cualquiera tiene más derechos que uno.

















La cajita feliz

- Cuando sea grande voy a ser piloto de aviones - dijo el nene cuando bajaban por el ascensor.
La mujer ni lo escuchó porque estaba tratando de ubicar a su marido. No lo consiguió y cerró el celular con furia.
- ¿Los pilotos tienen que tener los dientes derechos? - preguntó el nene sin esperar respuesta.
El ascensor aterrizó en planta baja. Ella abrió la puerta. Salieron a la calle.
- Joaco, vamos a tomar algo ¿querés? - le propuso lo que ya tenía decidido.
Caminaron unas cuadras hasta encontrar el típico muñeco de la cadena internacional. Como el nene los conocía de memoria no hubo necesidad de ubicarlo ni de preguntarle qué quería comer. Él se acomodó rápidamente mientras ella hacía la cola.
La empleada puso todo en las bandejas y con cierta dificultad la mujer llegó hasta la mesa. Olvidó los sorbetes y la mayonesa así que volvió a levantarse.
El chico ya había armado el juguete correspondiente y lo desplazaba por la mesa.
- Por lo menos se olvidó del jueguito electrónico - pensó.
Terminaban con ganas las hamburguesas cuando el nene preguntó si era verdad que se hacían con harina de lombriz. La madre no pudo responder porque sintió náuseas. Respiró hondo, llevó las bandejas al cesto de residuos y, tomándolo del brazo, salieron raudamente del local.
- ¿Me da una monedita para comer?
Los dos escucharon la voz de un chico que estaba por entrar mientras uno de los empleados lo atajaba prohibiéndole el ingreso.
La señora apurada por tomar un poco de aire tironeó de su hijo para que la siguiera.
- Má, te pide una monedita. ¿No le vas a dar?
- Es que no tengo. Las necesitamos para el colectivo.
- ¿Cuál colectivo?
- Hasta el Colón, para tomar la combi.
- Entonces comprale una hamburguesa.
- Si tengo que comprarles a todos los que piden no me alcanza la plata.
- No les compres a todos. Comprale a éste.
Habían caminado unos metros cuando la mujer dio media vuelta y entró a la hamburguesería.
El chico volvió a decir: - ¿Me da una monedita para comer?
- Esperá acá, no te vayas.
Los chicos se miraron sin saber a cual de los dos correspondía la orden. Joaco sacó el aparatito electrónico y se zambulló en el juego. El otro se le fue acercando hasta casi rozar las cabezas.
- Ves, tenés que tratar que los bichos rojos se coman a los azules. Yo conseguí que se coman cincuenta y ocho pero hay que llegar a ochenta.
- Dame que quiero probar.
Pulsó con seguridad y en menos de un minuto, los rojos comieron sesenta y tres azules.
Con avidez el chico siguió jugando sin tener en cuenta los reclamos del otro.
- Dame che, que me tengo que ir. Dale que ahí viene mi mamá. Devolvémelo.
Recién cuando la mujer se acercó, el chico levantó la vista y le dio el jueguito.
- Se comieron los ochenta. Tomá.
- Como tenías hambre te compré esta cajita. Espero que te guste.
- ¿A ver qué te tocó? - exclamó Joaco mientras le ayudaba a abrir la caja.
El chico se sentó en la vereda. Sostuvo el sandwiche con los dientes y hábilmente armó el juguete.
Detrás había un afiche deteriorado de la última campaña. La mujer se quedó mirando las caras casi superpuestas. Los ojos de papel la seguían sonrientes y provocativos. Los del chico ni la miraron.































La otra historia



Teresa salió de la confitería casi avergonzada. Había tomado el té con un señor desconocido que la había dejado plantada con un ramito de flores en la mesa. Todo lo que habían conversado era, en parte, insólitas mentiras confirmadas por el mozo. Sintió pena y rabia por ese señor que en pocos minutos fue su confidente. Ella le había hablado de sus angustias y habían compartido otras épocas. ¿Cuáles habrían sido los motivos que llevaron a ese hombre a fingir otra vida? Pensó que la locura no necesariamente se muestra incoherente y tuvo miedo de estar pasando por lo mismo.
¿Era acaso su vida la que ella contaba? ¿O era otra la vida de Teresa?
Al pasar por un teatro vio que dialogaban dos hombres sentados en el suelo. Estaban envueltos en unas frazadas desteñidas y sus cabellos largos y enrulados daban cuenta de la lluvia. Uno de ellos hablaba en voz alta como para atraer la atención. Teresa simuló leer la cartelera y se dispuso a escucharlo.
Con voz pausada y habilidad de narrador, el hombre comenzó a contarle a su compañero.
Me preguntaron cómo vivía y no supe qué decir. Esa pregunta me pareció indiscreta y poco interesante. ¿Qué les importa cómo vivo? Después de un rato y porque insistieron empecé con lo que querían escuchar. No pensaba decirles la verdad, entonces inventé. Bueno, les dije, mi vida no es fácil. Me levanto muy temprano, a eso de las seis de la mañana. Primero espío por la ranura de la puerta para ver si hay alguien en el pasillo, porque si hay alguien no me atrevo a salir. Si el camino está despejado salgo casi corriendo y enfilo para el fondo donde está el baño. En realidad, baño es mucho decir, es un cuartucho de madera con una letrina, un fuentón de lata para lavarse los pies y un jarro de plástico por si uno se quiere bañar del todo. Hay que tener el jabón y la toalla a mano porque esas cosas son personales y no se comparten. El cepillo de dientes me lo olvido así que me enjuago la boca, me lavo la cara para despejarme y me mojo el pelo. Cuando uno se peina parece que está más presentable. Trato de hacer rápido todo lo que a esa hora se hace para no pensar en que alguien está esperando afuera. Es muy molesto que le golpeen la puerta del baño a cada rato. Vuelvo a la pieza y me visto.
Me miraban como bicho raro. El más alto sacó una libretita y empezó a escribir. De a ratos levantaba la vista y me clavaba los ojos como esperando que le contara más. Seguí con mi relato y aproveché cuando encendieron un cigarrillo para pensar qué decir. Me acordé de mi primo, el Bocha, que había estado trabajando en una fábrica de escobas y ahí no más les mandé el otro capítulo. Tomo unos mates y salgo rajando para la fábrica. A veces voy en colectivo pero si ando escaso de plata camino las veinte cuadras. No me gusta porque hay que atravesar el arroyo y si te descuidás sale un negro y te afana lo poco que tenés. En la fábrica armo escobas y me pagan según la cantidad que haga por día. A veces saco ocho pesos y cuando falta el Pelado llego a sacar hasta quince. El Pelado es un compañero que está muy práctico porque hace muchos años que trabaja ahí. ¿Y dónde come? , me preguntó el otro. No como, le contesté. Si como me gasto más de la mitad de lo que gano. Lo que hago es tomar mate y con eso aguanto hasta que vuelvo a casa, a eso de las seis de la tarde. Cuando paso por la estación hay un puesto de choripanes. Ya me hice amigo del dueño y me regala los chorizos que le sobraron del día anterior. No son muchos porque el desgraciado se los encaja recalentados a los que pasan al mediodía pero siempre algo me da. A cambio, los domingos le ayudo a limpiar. ¿Y únicamente come chorizos? No, a veces ligo un pedazo de carne. Pero no siempre. Me dio lástima que sintieran pena entonces mejoré mi situación. Los chorizos son como un aperitivo porque cuando llego a casa me preparo la cena mientras escucho la radio. Tele no tengo, pero ¡por lo que hay para ver! ¿Y qué se prepara? Preguntaron a coro. Polenta, fideos o arroz. ¿Con tuco? No, solos, con sal .Suprima la sal, acá dice que usted es hipertenso. Dijeron “por hoy es suficiente” y se fueron. No sé de dónde sacaron que yo soy hipertenso si jamás en la vida me tomaron la presión. Que yo recuerde la última vez que vi a un médico fue cuando operaron al Bocha. Pero mejor no los contradije porque entonces sí que no se iban más.
Volvieron a los quince días. ¿Y cómo van las cosas? , dijo el más alto mientras yo levantaba la vista del diario. Parece que le interesan las noticias exclamó el otro como para iniciar la conversación. En realidad las noticias no me interesan lo que pasa es que la gente tiene que hablar de algo. Si yo no sé lo que pasa quedo como un boludo. El otro día los muchachos comentaban sobre el entrenador de la selección. Que lo ponían a Mengano, pero que no aceptaba y entonces iban a poner a no sé quién de Inglaterra. ¡Se imaginan un inglés para dirigirnos! Si apenas los jugadores saben hablar en castellano, van a poder entender al inglés; además los negros de la hinchada lo hacen puré a huevazos. Ahí nomás me miraron como para que me diera cuenta de que no se trataba de fútbol sino del equipo de rugby de Australia. Traté de sonreír para que pensaran que era un chiste pero se dieron vuelta y se pusieron a hablar entre ellos sin darme más bola. Cuéntenos como es su relación con los compañeros de trabajo, dijo el más bajo mientras acomodaba sobre la mesa la carpeta y sacaba la lapicera. Así que seguí con otro capítulo de la novela. Yo no me meto con nadie. Si quieren hablar, hablamos, pero si están callados yo no empiezo la conversación. A veces el Turco me invita a tomar cerveza en el bar de la estación y entonces miramos a las chicas y decimos guarangadas.
Eso sí, no a ellas, para nosotros no más. Después nos vamos cada uno a su casa ¿Nunca cuestionó lo que le pagan? Digo, pedir aumento. No, para qué. ¡A ver si me echan y me quedo sin laburo! ¿Pensó alguna vez en cambiar de trabajo, buscar algo mejor? Pensar lo pensé pero ¿adónde voy a estar mejor? No gasto en colectivo porque la mayoría de las veces voy caminando, mientras armo las escobas me invento historias, cuando me doy cuenta viene el encargado y apaga las luces, así que como ahí, no voy a estar en otro lado.
Se miraron desconcertados y cuchichearon entre ellos. Leían y releían lo que estaba en la carpeta. Finalmente me extendieron un formulario. Tiene que completar los datos, firmar y esperar a que lo llamen. Pero yo no sé escribir. Si quieren les digo y ustedes los completan. Se miraron otra vez pero con una sensación de alivio en la cara. Habían terminado su trabajo y por sus miradas me pareció que con éxito. Bueno, firme acá que nosotros lo completamos. Pero, les dije que casi no sé escribir. ¿Tampoco su nombre? ¡Ah! Eso sí.
Puse el nombre con trazos redondeados y desparejos y me tomé todo el tiempo para completar los tres nombres y los dos apellidos que me había inventado. Les devolví la birome con un gesto de extenuado y me quedé a esperar. Guardaron los papeles en el portafolio, se pusieron de pie y me saludaron con un apretón de manos. Pasaron unos meses .Ya me había olvidado de los tipos y volvieron. Felicitaciones, lo suyo ya salió. ¿Qué cosa?, les pregunté asombrado. Le acordaron… La última frase se la llevó el viento de tan bajito que la pronunciaron . Me dio vergüenza pedir que la repitieran. Puse cara de alegría y les agradecí por todo. Los acompañé hasta la esquina, les palmee el hombro y se fueron. Los vi alejarse y me dieron pena. Mejor dicho, sentí pena por haberlos engañado .Al fin de cuentas ellos también formaban parte de mi novela.
Teresa lo miró buscando un final. El hombre mató una pulga de su tobillo.
Nunca supe para qué vinieron a buscarme. Y tampoco me dieron nada. Desde entonces que paro acá.

































Por los siglos de los siglos


Teresa se rascó las piernas y se alejó del teatro imaginando la suerte de los dos que quedaron en silencio.
Sin darse cuenta entró en una casa de música.
Bésame bésame mucho como si fuera esta noche la última vez bésame bésame mucho que tengo miedo perderte perderte después...
La canción se fue haciendo cada vez más nítida para los oídos de Teresa. Sus labios se abrían y cerraban. Recorría las estanterías sin saber bien qué buscaba. En realidad nada. Tampoco nadie le ofreció ayuda, lo que la estimuló a quedarse. Miraba las tapas, sacaba algún disco, leía y volvía a colocarlo en su lugar.
Cuántos temas desconocidos. Cuántos intérpretes que ni por casualidad había escuchado.
Trató de recordar alguno que le gustara, pero no pudo. Se quedó con ese bolero que sabía de memoria.
De pronto estaba murmurando otra canción que se amplificaba por todo el local.
Solamente una vez amé la vida solamente una vez y nada más solamente una vez en mi huerto brilló la esperanza la esperanza que alumbra el camino de mi soledad...
Siguió encontrando cosas que no buscaba.
Somos novios… nos besamos como novios nos deseamos y hasta a veces sin motivo sin razón nos enojamos.
Levantó la vista y vio en la calle una pareja joven. Un solo cuerpo con dos cabezas unidas por dos pares de labios. Los cuatro brazos presionaban todo el contorno. Las manos subían y bajaban, se hundían entre la ropa y apretaban los cuellos.
Teresa sintió un rubor cuando recordó el beso que le robaron en la fiesta de Graciela. En realidad no le robaron nada. Ella perdió ese beso cuando apoyó su mano en el cuello del muchacho mientras bailaban lentos. El perfume, el sudor de la mano, la sensación tan rara de no poder despegarse. Todo tan dulce y tan pecaminoso. Las buenas chicas no se ofrecen. Deben hacerse rogar y mantener la compostura. Para “aquello” están las otras. Las que son ligeras. Las que se usan y después se descartan.
Para casarse un joven busca una señorita de buena familia. Virgen. Inocente. Será la madre de sus hijos. Un escalón antes de beata. Las mujeres saben de las infidelidades de sus maridos, pero miran para otro lado. Los hijos son lo más sagrado y una debe tolerar por ellos. Nada de celos ni de escenas. Y jamás mirar a otro.
Por su cabeza pasaban pedazos de juventud.
Las salidas al cine y a comer pizza. Los preparativos del casamiento. La fiesta de casamiento. La luna de miel. La casa nueva. El embarazo. El nacimiento de su único hijo.
Ahí dejó de recordar y no supo por qué. Lo que siguió se le hizo como un videoclip. En algunas imágenes, su corazón se detenía y le faltaba el aire. En otras, una humedad entre las piernas.
Lo último que vino a su mente fue la comida que había dejado para la cena. En ese momento se sintió aliviada y miró el reloj.
Se acercó al mostrador y pidió el disco de boleros que se estaba escuchando. Pagó y salió.
Si camino sin mirar vidrieras llego para la combi de siempre - se dijo.
En la vereda tropezó con la pareja que ya estaba casi acostada sobre uno de los canteros.
Si pudiera yo también lo haría, pensó al tiempo que se escandalizaba de su ocurrencia.
Sonrió al imaginarse con su marido sacudiendo los esqueletos arriba de un macetero. Buscó imágenes sensuales y las fue rescatando. Sintió nostalgia y prefirió pensar en otra cosa pero los pensamientos positivos no aparecían.
Apuró el paso. Iba en zig-zag evitando chocar con la gente distraída. Al llegar al obelisco comenzó a tronar.
Menos mal que tengo el paraguas. Se detuvo para abrirlo. Miró hacia arriba y no vio ninguna nube. Los truenos sonaron más fuerte y con ritmo. Columnas de gente regresaban de la manifestación .Llevaban las banderas enrolladas. Caminaban despacio y algunos hablaban por celular. Los más chicos iban colgados de las polleras de las madres, y los bebés, de sus tetas.
En la esquina tuvo que dar un rodeo para esquivar a una familia que juntaba cartones. La mujer arrastraba un carro con una pila interminable de cosas. Parecía que en cualquier momento se le caería. Los chicos cruzaban y revolvían las bolsas con destreza.
Empezó a soplar un viento helado.
Llegó a la parada. La gente de la cola asistía impávida al espectáculo de cartoneros y manifestantes .Algunas personas guardaban el diario que por causa del viento se negaba a ser leído y otras hablaban por celular.
Una rubia con aros dorados y pasada de bronceador comentó a su compañera ocasional:
- Bien dijo Borges ¡Son incorregibles!
- Mire las zapatillas. Ni a mi hijo se las puedo regalar. Y después dicen que no tienen para comer.
- Lo que no tienen es vergüenza.
Teresa sintió un escalofrío.
Miró a la rubia que intentaba hacerla participar de la charla y solo atinó a sonreír.
- Es preferible reír que llorar - tarareó la mujer- Así estamos.
¿Adónde vive esta gente cuando no está aquí? pasó por la cabeza de Teresa, pero no lo dijo.
Como adivinando el pensamiento la rubia comentó: - Y encima se creen que pueden vivir en cualquier lado. Se instalan en una plaza y no hay quién los saque. Pero uno paga los impuestos y no es dueño de caminar por la vereda.
- A mí los que me dan pena son los chicos - apuntó alguien que seguía la conversación.
- Mire, en otros países, si un padre expone así a los chicos lo llevan preso o se los sacan.
- Bueno, pero esos son países. No como éste, que nadie se hace cargo. Lo único que quieren los de arriba es salvarse.
- Sí, pero cuando es la hora de votar: ¿quién los voto? Nadie.
- Yo nunca los voté. Lo que pasa es que a veces se vota por el menos malo.
- Todos son iguales. No hay uno mejor que otro.
- Siempre tropezamos con….Ahí llega la combi.
Mientras tanto Teresa seguía con la mirada el carrito a punto de caerse. La madre y uno de los chicos sostenían de un lado el montículo y el más pequeño recogía lo que se iba cayendo. Se imaginó arriba de los cartones llevada por la familia. Olió el basural, bolsas de nylon le rozaron la cara, restos de comida y botellas de plástico le atravesaron la cabeza. Sus pies descalzos pisaron una mezcla gelatinosa de pañales descartables y preservativos usados.
Le dieron ganas de vomitar. Era ella y otra. Era la de la combi y la que arrastraba el carro. Era Maru y la Nora que no conoció. Era las dos del curso. Era la que leía a Coelho o a Borges. Era la Gaby. Era la madre de Manu y la mujer del viejo.
¿Habrá dado bien el examen? Pobrecita, tan ingenua esa chica. Me acuerdo del miedo que me daban las mesas de examen y esos bolilleros de madera donde se escondía la suerte. Ahora ya no deben existir. Ese tipo que la llamó para que se fuera con él vaya a saber adónde. Pero se ve que tiene bien claro el estudio. ¡Bien hecho! Que nunca deje de ser independiente y que lo disfrute hasta que ella quiera. Ojalá que no se enamore porque ahí sí que pierde. Tenía lindo cuerpo. Bien arreglada, y hasta diría que le gusta seducir. Cuando empezó a llorar y no se secó la cara parecía que buscaba que la consolaran. Si el chico del desodorante se le hubiese acercado, el pobre caía en sus brazos y ella se olvidaba del otro. ¿Para qué tuve que meterme? El pañuelo de papel que le di le cambió la historia. Quizás hubiese llorado con algún gemido o dando grititos y entonces alguno de los hombres se habría conmovido ¡Pero tuve que cambiarle la historia!
- ¿Sube señora? - la increpó la de los aros dorados. Teresa afirmó con la cabeza y pisó el primer escalón.
La mujer y el nene deben haber regresado en alguna combi anterior. ¡Qué asco, ese aparato todo babeado! El chico electrónico debe ser insoportable cuando no tiene con qué jugar. La culpa es de los padres que les dan todo para sacárselos de encima. Cada vez hay más distancia entre padres e hijos. Nosotros sí que poníamos los límites. ¡Cómo lo extraño! No creo que podamos viajar este año y él está muy ocupado. Bueno, por lo menos con la camarita nos vemos crecer las canas. Está canoso. Salió al padre que a su edad ya tenía casi el pelo blanco. ¡Por qué se habrá ido! ¡Y nosotros que lo alentamos tanto! Ahora estamos solos. Y él también .Tan lejos. Pero peor el viejo del café. ¿Será cierto lo que me dijo el mozo? Como para no enloquecer, la mujer enferma y el hijo muerto ¡Qué ganas de salir! Y sí, en cada encuentro cuenta la historia que él desea y en ese momento es su verdad. ¿Quién puede discutirle? Tampoco a nadie le importa si es mentira. Total es una historia que puede ser real y pasarle a cualquiera.
- Vamos a ver cuánto tardamos en llegar con este lío - agregó la mujer que quería seguir con la conversación iniciada en la cola.
Llegar no sé, pero estoy volviendo. Cuando volvemos es que tenemos un lugar que nos espera. En cambio, muchos de los que están ahí en la calle no vuelven, siempre van. Y no saben adónde. Otros les indican el camino. Van zigzagueando la vida. El final es ahí, en cada instante. Y después allá, más lejos. Nunca regresan. Me bajaría y me iría con ellos a ninguna parte. Pero, cómo hago para bajarme. Estoy acá. Ya es tarde.
Abrió el bolso para revisarlo. Las llaves, el celular, la billetera, el tejido. Todo en orden. Metió la mano en el bolsillo lateral y tocó los pétalos del ramito que se había deshecho. Los acarició y llevó sus dedos a la nariz .Volvió a olerlos varias veces y el perfume le recordó a Alfredo. Se lamentó de que ese encuentro no hubiese sido antes, mucho antes. Se imaginó con él recorriendo todos los café de Buenos Aires. Sentados, mirando a la gente. Inventando historias para ser contadas.
La combi empezó a moverse y le cambió los pensamientos.
De golpe vio a su marido alcanzándole la bolsa de agua caliente.
Vio sus manos huesudas apretando el tapón y abriendo cuidadosamente la cama para apoyarla en sus pies. Lo vio inclinarse para darle el beso de las buenas noches. Lo vio juntar los dos pares de zapatos. Lo vio sacar la caja de lustrar. Lo vio cepillar y pasar pomada por cada uno de los cuatro zapatos. Lo vio sacar brillo, alejarlos y mirar el trabajo terminado. Lo vio desvestirse. Lo vio acostarse. Lo vio mirar el reloj despertador. Lo vio pasar el brazo por su cintura.
Teresa lo vio y entonces, mientras se acurrucaba junto a la ventanilla, cerró los ojos para llegar más pronto.
No debo pedir. Tengo lo suficiente Pero no lo suficiente porque están los otros que no tienen y eso no me gusta. Yo no tengo lo suficiente porque mi hijo no está acá. Pero él está bien y debo pensar en él. Pero estoy sola. Estoy con su padre. Pero no es lo mismo. Ya no sé que pedir. Dios sabe. ¿Sabe Dios? Padrenuestroquestásenloscielosbenditatueresentretodaslasmujeresporlosiglosdelosigl